Crónicas terapéuticas I: Las cartas sobre la mesa.
Estimadísimo lector. Es nuestro deber recordarle que los sucesos y personajes retratados en esta obra son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia. Se trata de una sesión de terapia apócrifa perteneciente a la saga de relatos “Crónicas terapéuticas”. Está en usted quedarse a observar la propuesta artística, acaso maquiavélica, que periódicamente les propondrá el autor y armar con ellas el rompecabezas de una psiquis que descubrirán en cada crónica. Las mismas serán presentadas sin rotular fechas, en un orden azaroso que viajará a lo largo y a lo ancho de años de terapia. Disfruten el espectáculo.
Episodio
I: Las cartas sobre la mesa.
Ni bien entré, encaré derecho
a la habitación del diván. Esta no era una tarde para sillón y la intimidante mirada
de Manuela clavada en mi relato. Hoy necesitaba observar el techo, no había
otra forma de soltar lo que guardaba.
—
Bueno,
¿cómo estuviste esta semana? ¿Te fue bien en Mendoza? —me preguntó con su tono
risueño de inicio de sesión—
—
Mirá.
Hoy te vas a divertir, eso te lo advierto de antemano.
Manuela rio. Me gustó eso, siempre
me siento bien cuando alguna de mis ocurrencias tiene el efecto deseado.
—
A
ver. Me interesa — el sutil tono irónico en la voz de Manuela me hizo sentir
vulnerable—.
—
Mirá.
Me vine sintiendo muy bien estos días.
—
¿Sí?
¿Y por qué?
—
No
sé. A nivel competitivo me está yendo bien. En Mendoza tuve un buen desempeño,
estoy motivado. En el trabajo me va bien, formé vínculo con todos mis
compañeros encima. Me siento bien, en un estado óptimo tanto social como
individualmente— me quedé en silencio algunos segundos, como si aquella primera
verdad pura que iba a sacar de mis adentros requiriese un esfuerzo especial — y
también estoy un poco enojado.
—
Te
sentís bien y estás enojado. ¿Cómo es eso?
—
Me
siento bien porque estoy bien, contento, mi existencia es redonda. Todo parece
en su lugar, tengo tiempo para pensar qué voy a hacer el año que viene, me
gusta el trabajo, soy productivo a nivel artístico… La realidad es que mi vida
está en orden.
—
Pero…
—
Pero
no puedo evitar sentir un fracaso en todo lo que pasó con Candelaria.
—
Es
entendible.
—
Bueno,
no, lo que quiero decir es un poco más complejo que eso. No siento un fracaso porque no haya resultado
lo nuestro. Eso no me importa demasiado, hasta me animo a decir que quería que
pase.
—
Ah,
te diste cuenta.
—
¿Vos
te diste cuenta antes?
Giré
mi cabeza para observar el silencio de mi terapeuta. Estaba concentrada,
escribiendo en su libreta. En su rostro una sonrisa que respondía todo.
—
Mirá, cuando todo empezó yo solo anhelaba una
suerte de aventura. La idea de que lo nuestro fuese algo oculto que hiciéramos
por mero deseo pasional me encantaba de buenas a primeras, para mí era el mejor
escenario. Me resultaba emocionante.
—
Bueno,
pero hace no tanto me dijiste que el que no haya pasado eso era lo más sano.
—
A
ver. Diferenciemos lo sano a nivel canónico, digamos, a lo que uno puede
querer. Yo creo que es muy válido querer algo no tan “sano” e inocente. La
adrenalina de la primera vez que me llevó a la habitación mientras Ariel dormía
es invaluable. Eso quería yo, nada más.
—
Sin
embargo, seguiste de largo.
—
Sí…
A ver, al principio era bastante claro que hablarle era algo de segundo orden
de prioridad. Una actividad que tenía que hacer si pretendía un poco de acción
cuando sea que volviese a Mendoza. Lo que pasó es que Candelaria se enganchó y
a mí me daba culpa no hacerla sentir correspondida. No me gustaba ponerme en
esa posición de verdugo… Y también me generaba algo de incomodidad que mis
únicas intenciones sean meramente carnales
—
Bastante
generoso lo tuyo —el tono irónico de Manuela hacía gala nuevamente, ahora mucho
más punzante—. Entonces lo que temías era hacer evidente que no pretendías todo
lo que implica una relación. ¿Para qué tanta parafernalia si solo te interesaba
algo casual?
—
Qué
sé yo. Ya sabés que a veces actúo en automático y me saboteo. Igual esta vez mis
esfuerzos fueron los mínimos y necesarios. Me digné a escucharla un tiempito,
le ofrecí alguna que otra perspectiva mía, como hago con cualquier persona, y
al mes ya la tenía diciendo que era el amor de su vida. Es difícil pararse y
decir “che, no, no la veo por ahí”.
—
Y
tu solución no solo fue corresponder a ese amor, sino que intentar competir en
ese aspecto. Ser quien más ama, quien más propone, quien más demanda aun
estando impostando el sentimiento.
—
Bueno,
evidentemente en ese punto fallé. Es que fue raro, yo quería que fuese algo
genuino, sentir por ella, que mi fingir en algún momento, por alguna razón, se
transforme en verdad. pero fallaba constantemente… —Mordí mi labio y desprendí
poco a poco la piel que lo recubre—También es cierto que hablar con Candelaria
me hacía no pensar tanto en Fiorella…
Me quedé en silencio algunos
segundos mientras el nombre de mi expareja rebotaba en mi cabeza. Los ecos de
aquellos recuerdos remitían en todo mi cuerpo la emoción de ese amor, acaso el
único que viví.
— ¿Escuchaste alguna vez la canción
“Cornerstone” de los Arctic Monkeys?
—
No,
no. No tuve la suerte.
—
Bueno.
No importa. El tema es sobre un tipo que trata de encontrar a una persona que
encaje lo más posible con el modelo de su anterior relación, al punto de
pedirle a sus distintos affaires la posibilidad de llamarlas por el nombre de
su ex. Siento que yo era ese tipo.
—
Bueno,
Candelaria y Fiorella son perfiles parecidos.
—
Mi
yo de hace algunos meses te diría que sí, pero no sé, tampoco es tan así. Es un
arquetipo parecido: el interés en la lectura y la escritura, la insatisfacción
sexual previo a conocerme, cierta forma de comunicarse… Pero Fiorella era mejor
en todo, y en el fondo lo supe siempre. Vos te ponés un texto de una y de la
otra en frente y no hay punto de comparación. Tampoco en los intereses
literarios, siento que Fio era más profunda, más interesante. Bueno, sin ir más
lejos tuvo el valor para meterse en letras mientras Cande no. Siento que la
sensación de estar bajando la vara me laceró muchísimo durante todo este tiempo…
pero aun así intenté ignorarlo. Me mentía a mí mismo, seguro hasta parte de esa
mentira decantaba en lo que decía acá, en las sesiones. No sé… En ese momento
solo teorizaba, no estaba seguro de nada. Ahora me siento seguro, quizá por eso
estoy tan bien pese a mi enojo.
—
¿Qué
había dicho tu mamá?
—
¿Sobre
qué?
—
Sobre
el parecido entre ambas.
—
Ah…Que
eran parecidas de cara… Lo peor es que tiene razón, qué hija de puta.
—
¿Y
cuál es el fracaso que produce tu enojo si la relación romántica no te
interesaba?
—
Es
difícil de explicar. Creo que… que pensé que podía convertirla en algo que
deseara realmente, en eso que alguna vez amé. Que ocupe el lugar que dejó
Fiorella.
—
A
ver, explayate.
—
Siento
que hubo dos cuestiones en pararelo: un trabajo de autoconvencimiento para
tratar de sentir algo por ella y un trabajo de moldearla para que sea mejor,
para que esté más cerca de lo que quería. De ahí los consejos cuando me contaba
cosas, las sugerencias de cara al día a día, o a la alimentación, o al instarla
a escribir. Era como un proyecto, ¿entendés? Y si bien no cumplió mis
expectativas, sí es cierto que logró volverla una persona un poco más integra.
—
¿Qué
te da la pauta?
—
Que
la mina está objetivamente mejor en muchos aspectos. La veo más viva, siento
que se respeta un poco más a sí misma, que intenta encontrar un rumbo, que no
se pasa de rosca en hiperactividad como antes... El tema es que al ayudarla a
salir del fango y poder ver más allá de lo que el barro me ocultaba, me
encontré con una persona mucho más patética de lo que imaginaba.
—
¿Sí?
—
Se
volvió más obstinada. Su solución a no pasarse de rosca fue la pereza, su
respeto a sí misma se deformó en una suerte de autocompasión perpetua sin mucho
sostén real y su búsqueda de rumbo no deja de ser ingenua. Se ancla a un sueño
infantil que ni siquiera cultiva. Nadie escribe sin talento o sin perseverancia,
y ella no tiene ninguna de las dos.
—
…
—
Dejame
organizar todo lo que te dije. ¿Viste la canción de la que te hablé? Bueno, yo
siento que mi afán de ayudarla a mejorar era en realidad mi forma de suplicarle
que me deje llamarla Fiorella. Claro, evidentemente fue mucho para ella. Para
mí no está mal que me culpe, o que se ensañe conmigo hasta cierto punto. La
realidad es que quise forzar mi interés en ella demasiado y le terminé cargando
ese peso en la espalda. Ahora, me parece mucho más sano concordar que
confrontar. De hecho, no hice sino darle señales de paz.
—
¿La
carta fue una señal de paz?
—
Sí.
Quiero decir, es algo que cree en búsqueda de un consenso.
—
Sin
embargo, me habías contado que en la carta sos bastante sentimental y que
ahondas en eso.
—
Maniqueísta
soy. Y un artista, también. ¿Sabés qué sentí cuando la escribía? Sentí que
estaba creando una ficción. La corregí como a un ensayo, la pulí, la
perfeccioné, la consulté con terceros. Es puramente artificial, un cuento. Y
funcionó, conseguí lo poco que pretendía en este que estimo fue mi último
encuentro con ella.
—
Pero
no llegaron a ningún consenso, ¿o sí?
—
Para
nada, ya contaba con eso. Pero sí hubo algún que otro franeleo y momento intimo
divertido, creo que esa era mi principal aspiración. Y en algún punto es una
síntesis de lo que siempre me pasó con Candelaria. Es terriblemente dócil si
decís lo que ella quiere que le digas. Es un mecanismo simplísimo, solo endulzarle
la oreja muy burdamente con ideas que le hagan sentir que su vida tiene alguna significancia…y
quizá por eso me aburrí demasiado rápido. De repente me volví a dar cuenta de
que no había misterio alguno en Candelaria. Era un ser superficial, maleable, no
valía mi esfuerzo ni cubría mis expectativas.
—
Justo
a vos que te encanta aburrirte.
—
Sí,
no es lo mejor que me puede pasar. Pero aún así pude lidiar bastante bien con
ello en este último viaje a Mendoza. Al principio me mostré arrepentido de lo
que sea que a ella le molestase, hasta intenté emular el dolor que sentí tras
separarme de Fiorella.
—
Me
percaté de las lesiones. ¿No lo sentís un poco exagerado?
—
Sumamente
exagerado. En ese punto me di cuenta que era ridículo seguir en esa posición. Perdía
una porción grande de mi energía cuando interactuaba con ella, por eso trataba
de que suceda lo menos posible. La descarté en mi mente y me centré en mis
cosas. Mi foco estuvo siempre en el torneo de tenis.
—
¿Y
el problema cuál fue?
—
Que
pese a mi pasividad la muchacha estaba irritable y cualquier pequeño puntapié
que pudiese encontrar lo usaba para confrontarme, o para enrarecer su trato
hacía mí. Y me debería dar igual, pero la realidad es que me hincho los huevos
bastante rápido cuando no puedo caminar sin pisar espinas. Obviamente le
pregunté si estaba todo bien, pero la respuesta era tan incómoda como todo lo
anterior, y seguir preguntando devenía en que se ponga más violenta.
—
¿Violencia
física?
—
No,
no. No le dí el espacio. Sé que en su primera relación era una dinámica usual,
pero yo no lo hubiese permitido. Quizá me salvó que no tuvo tantas oportunidades
al mantener gran parte de la relación a la distancia, no lo sé, pero no pasó.
Solo hubo violencia verbal, y más recientemente algo de violencia psicológica.
—
¿Sí?
¿Qué te dijo?
—
A
lo mejor es un poco exagerado lo de violencia psicológica, porque realmente
trata de herirme con cosas muy simplonas y boludas. Es un intento de dañarme en
las bases de lo que soy, que falla por obviar el hecho de que me fascina ser yo.
Mirá, por ejemplo, tiende a acusarme de ser una persona de pocos vínculos, sin
compañía, un lobo solitario. Me causa mucha gracia. No solo porque si de algo
estoy orgulloso es de que, sin buscarlo activamente, me hice de muchísimos y
valiosísimos amigos en mi vida sino también porque justo ella es quien dice
semejante estupidez. Todos los fines de semana tiene que lidiar con la imagen
de su hermana congregando más gente en una salida casual que ella en su
cumpleaños. Sus pocos contactos yacen en un grupo endogámico que se junta cada
muerte de obispo y que individualmente no se cansan de ignorarla cuando así
gustan. Eso es todo lo que tiene, el resto mero vinculo aún más circunstancial.
Solo eso la separa de ser una ermitaña. ¿De qué soledad me está hablando? Por
favor.
—
Parece
haber un recrudecimiento en tu forma de posicionarte frente a ella.
—
Yo
siento que ella se plantó en un ring para pelear con alguien que no veía con
muy buenos ojos la idea de ponerse los guantes. No la busqué, en ningún
sentido, pero ella encontraba escusas perpetuamente para agitarme. En alguna
respondí más que en otra y en dos ocasiones durante este último viaje
discutimos de manera cruda. Yo ya me cansé, no pensaba responder, pero hay
gente que sin un correctivo no entiende las cosas.
—
Conociste
una nueva faceta de Candelaria, su parte beligerante.
—
Sí.
Creo que tenía que pasar, es también una forma de despertar el potencial de
alguien. Pero no fue el caso. Su nueva faceta no es sino una versión bastante
terca y muy poco abierta al proceso deductivo de ella misma. Vos podés
argumentar lo que sea que va a agarrarse a una palabra, a un detalle, a lo que
sea para no coincidir en nada. Te gana por cansancio si no te avivás antes.
—
¿Y vos cómo enfrentabas esta faceta?
—
En
primera instancia con desinterés, no le prestaba demasiada atención. Traté de
mantener cierta cordialidad y evitar todo conflicto. El problema fue que ella
terminó por inventarse uno y, lo peor, metiendo a un tercero.
—
¿Ariel?
—
Por
supuesto.
—
No
me hablaste mucho de Ariel y es quizá lo que más podría importarte en todo este
conflicto. ¿Qué pasó con él? ¿Qué rol tuvo durante todos esto que me narras?
—
Bueno,
voy a tratar de ser ordenado. Todo empieza el segundo día del Abierto de
Mendoza. Por la mañana tengo una breve charla con Candelaria. Amarga, por
supuesto, pero para ese punto no me sorprendía. Le hice una oferta de corte
meramente sexual aun sabiendo su respuesta negativa, quizá por pura desidia e
intentando blanquear mis intenciones sin tanto aspaviento, no tenía ganas de
actuar sentimientos inexistentes. No me mostré muy afectado por la inevitable
negación del asunto. Nada, voy al torneo, todo normal y llegado el ocaso del
mismo Ariel viene a saludar.
—
¿No
participó?
—
No.
—
Qué
raro. Estando de local…
—
No se entiende, realmente. Lo más obvio es que
trató de evitar el contacto conmigo dado lo de la semana pasada, ¿no?
—
Tendría
sentido, pero bueno, no es que sos vos solo en el torneo.
—
Y
bueno, no te digo que sea razonable, te digo que es lo más probable.
—
Entiendo.
—
Nada,
se acercó al lugar. Yo tímidamente lo invité al post-torneo; íbamos a tomar y
comer pizza con los muchachos. Me pareció que era responsable proponérselo dado
a que iba a ser una ocasión bastante difícil de repetir dada su constante
declive en cuanto a actividad social y la accesibilidad inmejorable. Pero en
paralelo tenía un plan con Candelaria para esa noche.
—
¿Lo
sabías?
—
Sí,
pero me había llegado la data que era una mera cena en casa de Candelaria.
Honestamente no le di mucha importancia. Velé por los que creía podían ser los
intereses de Ariel y los míos, obviamente.
—
Imagino
que no habrá caído muy bien.
—
Yo
un poco contaba con eso. Pero traté de ser diplomático, me propuse no incitarlo
a tener el plan conmigo sino a simplemente extenderle una invitación. Según
Candelaria, Ariel le dijo que se sentía incómodo desde el vamos. Me permito
dudar de la veracidad de eso, pero si es así es un pelotudo a pedal. Si
nuestros amigos y camaradas de toda la vida lo querían ahí es porque estaban
igual de extrañados que vos por su ausencia, y a su vez que él esté ahí les era
grato. No lo hubiese invitado si no estuviera seguro de que la iba a pasar
bien, que quizá hasta le generaba un subidón anímico como para seguir luchando
contra su condición y despertarle alguna emoción, algún interés en algo.
—
¿Vos
lo notaste incómodo al principio?
—
Quizá,
pero en la barrera de lo normal. Es un tipo retraído, pero se fue
desenvolviendo y se le llegó a ver un poco de luz en los ojos. Hasta ahí, en el
comienzo de su paso por el torneo, todo bien.
—
Pero
la noticia no cayó bien.
—
Claro…
Mirá, yo suponía que se iba a molestar Candelaria. La verdad es que contentarla
no estaba en mi tabla de prioridades y me parece sensato que así haya sido, no
había motivo para guardarle cortesía, no es que estuviese interrumpiendo nada
trascendente o que no se pudiese hacer cualquier día. Además, mi amistad con Ariel
era totalmente paralela e inconexa con mi interacción con Candelaria. Ahora, lo
que no suponía es que su malestar se iba a transformar en una transgresión
moral, en un golpe bajo. En un acto de pura mala leche, un acto manipulatorio.
—
¿Qué
hizo exactamente?
—
Intentó
instalarle la idea de que yo intentaba que se quede en la cena con tal de poder
escaparme a su casa y volver a proponerle lo de la mañana a ella. Como si
sacrificara un peón para hacer caer a la dama.
—
Parece
un poco falible el plan. ¿Por qué se quedaría Ariel si vos te vas y encima a
casa de Candelaria?
—
No
hay que ser un genio para darse cuenta que es una idiotez importante de alguien
que se cree el centro del mundo y que todos conspiran contra ella. “Piensa el
ladrón que todos son de su condición”. Y tampoco creo que haya que ser un genio
para darse cuenta que decir una idiotez tan grande con la ligereza de quien
dice “buen día” es algo maliciosamente pergeñado. Una difamación, que dada mi
vinculo de cercanía con Ariel, huele a toxicidad y mala intención.
—
Y
Ariel no lo entendió así.
—
Yo
creo que Ariel entendió que ella estaba equivocada, pero se negó a aceptar todo
lo que implica ese error para nada ingenuo. Es un accionar que te habla sobre
la calidad humana de una persona, pero él decidió hacer la vista gorda. Uno
diría que tal vez ella esculpió su argumento con sutileza y así lo convenció,
pero no. Todo lo contrario, ella lo insultaba, le decía que cómo era tan
pelotudo para no darse cuenta de mis intenciones. Digo, algo muy histriónico,
casi desesperado y, me reitero, muy nefasto en cuanto a moralidad.
—
¿Vos
estás seguro que no hiciste nada que pudiera generar un ataque tan directo?
—
Segurísimo.
Para ese punto quería disfrutar mi viaje de la manera más amena, y parte de esa
búsqueda necesariamente pasaba por no conflictuar con ella. Yo soy plenamente consciente
cuando hago algo que puede generar una reacción negativa de alguien, siempre
pienso en todo; esta vez, simplemente, no hubo intención alguna de mi parte de
iniciar un conflicto —contemplé mis manos por algunos segundos tras decir esto
último. Estaban inmaculadas—. ¿Sabés qué es lo peor? La justificación de Ariel
para hacerse el desentendido con toda esta serie de agresiones que ella le
propinó y que me propinó a mí tambien. Me dijo algo así como que “así era ella,
que esa era su dinámica”.
—
Como
el estereotipo de mujer maltratada hablando de su marido golpeador.
—
¡EXACTO!
Dios, tragué mucho rencor en ese momento. Pero bueno, qué sé yo, si bien ya no
podía mantener el mismo nivel de cordialidad intenté sostener mi propuesta a
Ariel desde el argumento y también desde un punto de vista moral. ¿Realmente te
vas a ir a ese lugar en el que te están tratando mal? Eso no es ninguna
dinámica, es naturalización de algo que objetivamente solo lo daña, más aún si
él lo avala. Por algo desde que empezó su relación con ella, su estado mental no ha dejado de empeorar.
—
Y
él no aceptó de todas formas.
—
Dijo
que iba a pensarlo en su casa, y que iba a llamar a Candelaria para terminar de
decantarse. Obviamente no aceptó, ya lo habían retado y cual niño arrepentido
se mostró culpable hasta de simplemente haber barajado escapar de su plan
inicial. Pero bueno, como para compensar me regaló un porro que me iba a
entregar ahí donde estábamos congregados con el resto de chicos.
—
¿Ya
habían empezado a tomar ustedes?
—
Sí,
sí.
—
¿Le
contaste a los chicos que él estaba en camino?
—
No
era la idea, pero al salir alguien me preguntó a dónde iba y la verdad no
encontré razón para mentirle. Ahí se me sumaron todos cual manada y bueno,
¿quién soy yo para detenerlos? Igual no tardaron mucho en volver a entrar al
lugar vista la amargura en el semblante de Ariel, casi como un condenado a
muerte. De paso maltrató a alguno que otro, mejor ni opino de eso, al menos se
disculpó después.
—
Ah,
mirá… ¿Lo trataste de convencer de nuevo?
—
Sí,
ahora ya con las cartas sobre la mesa. Le dije todo lo que me hacía ruido tanto
de su decisión como de su situación. Él me repitió varias veces, casi en bucle,
que después de la charla que tuvimos la semana pasada se sentía incómodo y no
sentía poder restituir todo el lazo conmigo de un día para el otro. Está bien,
puede llegar a tener sentido, pero no era solo yo en esa reunión. Me vi en la
obligación de intentar explicarle mis verdaderos motivos para proponerle la
distancia que le propuse, intenté que me entienda.
—
¿El
hastío y estancamiento de la amistad?
—
No,
ese factor ya se lo había explicado y, en última instancia, es de segundo nivel
de prioridad. Mi motivo más grande fue empujarlo afuera del fuego cruzado, a
sabiendas de que era muy probable esto, que se rompa la paz entre Candelaria y
yo. Me parecía que con él en el medio las cosas se podían recrudecer y llevarlo
a recibir costos que no tenía por qué comerse, es algo entre ella y yo.
—
Pero
Candelaria no lo metió de lleno al fuego cruzado. Prácticamente lo usó de
granada.
—
Y
bue… Yo pienso lo mismo, y me sorprende que él no lo vea. Por pura ignorancia
no es consciente de cómo lo usan. Tampoco es consciente de quiénes somos los
que tratamos de mantenerlo a resguardo de todo eso… lo peor de todo es que
después, cuando habló del tema con Candelaria, se mostró molesto porque yo
hablé mal de ella. Hermano, date cuenta… —refunfuñé mientras clavaba mis ojos
en la pared, otorgándole mi nuca a la posible mirada de mi terapeuta— Igual esa
filtración de su charla la hizo la propia Candelaria, tomémosla con pinzas,
pero la verdad que no me sorprendería para nada.
—
Entonces
hablaste con Candelaria de este tema.
—
Hablar…
A ver, yo le mandé un mensaje que realmente me pareció razonable: le expresé
mis inquietudes, le dije que no me parecía aceptable lo que ella hizo porque
era un rasgo posesivo, me mostré abierto al dialogo y al final, como para que
no queden dudas, le aclaré que solo quería paz, nada más.
—
Diplomático.
—
Ponele.
¿Sabés que me contestó?
—
Ilustrame.
—
Que
si había sacado esa idea que intentó implantarle a Ariel “era por algo” y que
se basaba en cosas que yo había hecho antes (cosas que nunca aclaró ni
puntualizó, vale decir). Se mofó de ciertas palabras que usé, tratándolas de
tecnicismos, no sé, eso fue infantil a la legua y, si trato de ponerme en su lugar,
entiendo que fue ¿un ataque? ¿un intento de provocarme inseguridad sobre cómo
me expreso? Ni idea, pero no le funcionó en todo caso. Y por último destacó que
“si quería pasar tiempo con mi amigo, lo hubiese pensado antes de cortar el
vínculo”. Un poco obvio el remate y paradójico teniendo en cuenta que hice eso
para evitarle un daño y ella lo está metiendo de lleno al campo de batalla.
Pero entiendo que mi jugada no fue muy bien interpretada, quizá debí haber sido
más explícito con él sobre lo que pretendía con esa medida de distancia. Quizá
solo confié mucho en una pacificación general y en el raciocinio de amigo,
acaso dormido.
—
¿Le
respondiste a Candelaria?
—
Sí,
acá me metí en su juego y le respondí con menos altura, con más bronca por su
terquedad. En consecuencia, me dijo que al otro día me iba a hablar y a decir
“un par de cosas a la cara”. Yo supongo que pensó que tenía una buena mano y la
realidad es que su charla fue bastante intrascendente: se justificó repetidas
veces, se siguió burlando de palabras que uso frecuentemente…—mi enojo se
empezó a materializar en mi velocidad de dicción a partir de este punto— encima
las decía mal, ¿cómo una supuesta escritora no sabe lo que es una elipsis o una
hipérbole? Una vergüenza. Tenemos el mismo sueño, pero es innegable que el mío
tiene más vuelo. Nada, un paréntesis, disculpá—tomé una larga bocanada de aire
y continué—. Lo único importante fue el final, cuando se sinceró sobre sus
intenciones de volver con Ariel y me comentó que esa confusión que sentía se transformaba
en enojo conmigo.
—
Quizá
siente que fuiste vos quien rompió su relación con Ariel.
—
Bueno,
algo así dejó entrever. Una idiotez galopante, claro está. Esa relación estaba
muerta antes de que yo irrumpiera, solo fui la gota que colmó el vaso. Ella se
me tiró encima, ella se inventó una fábula de amor con alguien que en principio
solo quería algo carnal, él me la entregó en bandeja de plata a la par que no
paraba de quejarse de cosas de ella, ella lo atosigaba para hacer cosas los
tres juntos con la intención de verme, ella avanzaba por sobre su confianza,
ella se quejaba diariamente de las discusiones, de la inapetencia e
incompetencia sexual, de que el verdadero interés de Ariel esté posado en otra.
Digo, la única verdad es la realidad y todo eso pasó sin que yo vele ni
interfiera por los intereses de ninguno de los dos.
—
¿Qué
rol jugaste entonces?
—
Qué
sé yo. Supongo que fui el primer salamín que le pareció sexualmente interesante
Candelaria desde que esta terminó el secundario. Poco más realmente, de ahí fue
una gran bola de nieve en la que a ella no le importó en lo absoluto como se
sintiese Ariel (paradójico, teniendo en cuenta que en su diario se llena la boca diciendo que quiere cuidarlo, que sin ella él no mejora ¿Quién sos? 20 años tiene Ariel, claro que puede y debe cuidarse solo) . Por eso tuvimos sexo antes de que él avalase la decisión, por
eso se separaron y por eso también yo respondí a la carga gigante que de
repente tenía sobre la espalda con rebeldía. De ahí las discusiones que me
encargaba de gestar y mi presión por desbloquear la mejor versión de ella, si
es que existía. Mi interés era que toda esa movida valiese la pena y nunca lo
logré, ella simplemente era muy poco para cumplir con lo que yo busco en una
pareja.
—
¿Y
a vos te importó como se sintiese Ariel?
—
Obvio.
Por eso blanqueaba las cosas, trataba de que todo sea lo más ordenado posible,
me mantenía neutro. A él nunca le oculté nada, incluso cuando no me convenía. Pero
bueno, otros factores afectaron.
—
¿Cómo
cuáles?
—
Para mí Violeta juega un rol fundamental en
todo eso.
—
¿Violeta?
—
La
mamá de Candelaria.
—
Ah,
sí, cierto.
—
Ella
hacía algo muy raro que yo no entendía del todo bien y que terminé aceptando
como momentos de sinceridad que tenía. Era muy usual que se ponga a criticar a
Ariel en su ausencia, a describir con crudeza y asco los signos de su depresión
o a insultar a puteada limpia a su mamá… Bueno, de hecho, tiene una teoría
bastante fuerte sobre el rol de la mamá de Ariel en la vida de este.
—
Hmm…
¿la sesión es tuya o del resto? Centrémonos en vos, en lo que sentís.
—
No,
no, ya sé, pero es importante. Yo tengo algún punto de coincidencia con ella,
solo que me parece una barbaridad absoluta decirlo en la mesa y de la forma en
la que lo dijo. Básicamente sostuvo que la razón principal de la depresión de
Ariel es su mamá, que lo basurea, pero le ofrece una zona de confort en la que
a base de vicios y placeres mundanos lo mantiene constantemente pegado a ella.
Le corta las alas cuando quiere volar. Según la lectura pseudo-psicológica de
Violeta, ella hace eso porque teme que se repita la situación de tener un hijo
muerto (te acordás que Ariel perdió un hermano, ¿no?), por eso lo sobreprotege.
Sin embargo, sostiene que, si bien trasladó su preocupación y su frustración a
Ariel, no así fue con el amor, que quedó en su hermano fallecido. Destacó que
las únicas dos fotos que hay en la casa no son de Ariel sino de su
consanguíneo. No sé, realmente es muy oscuro todo, pero algún sentido tiene
porque esa misma noche hablé con él y le di un escarmiento, invitándolo a
independizarse y demás parafernalia, vos te acordarás.
—
En
efecto. ¿Hoy sostenes esa postura?
—
¿Sobre
que tiene que independizarse? Seguro, y tiene que cambiar por completo de
aires. Irse de ese lugar que solo le recuerda su fracaso, encontrar un nuevo
rumbo solo. Cultivar su individualidad.
—
Un
nuevo comienzo… entiendo. Noto que tu forma de ver a Violeta es más áspera.
—
Y,
mi visión sobre Violeta cambió con el tiempo, hoy veo toda su explicación como algo
más iracundo de lo que debería. Puede tener razón, pero decirlo como lo dijo es
grotesco. Ni hablar de los insultos que filtraba entre oración y oración. O
como escupía rabia porque la mamá de Ariel no quería pagar la comida de
Candelaria, arguyendo que en su casa él siempre comía gratis. Lo trataba de
cagón, de poco hombre… llegó a decir que por ver tanto porno jamás iba a ser
capaz de complacer a una mujer. Todo esto estando yo presente, a sabiendas que
me hospedaba en casa de Ariel. Es realmente una locura.
—
Entiendo
lo fuerte de los comentarios de Violeta. Sin embargo, hasta hace poco tu
balance sobre ella era muy positivo. ¿Tu visión cambió por algo en particular?
—
El
hecho bisagra es que me cagó plata, básicamente. Eso es lo de menos digamos,
era poco dinero, el tema es que me empezó a atacar gratuitamente por reclamar
lo que por derecho era mío. Es imposible que no se ensucie mi perspectiva sobre
su persona. Encima ni siquiera se lo reclamé a ella, se lo reclamé a Candelaria.
—
Y
Candelaria usó de escudo a su madre.
—
Algo
así, siento que es similar a lo que hizo invitando todos los días a Ariel a su
casa mientras yo estaba. Plantó un escudo humano con manipulaciones. A Ariel le
vendió la idea de que quería que esté porque siente cosas y lo quiere cerca.
Con la madre, por ejemplo, le leyó mis mensajes en voz alta, haciéndole creer
que mis reclamos eran a ella. Obviamente se enojó y comenzó a atacarme. Ambas
decían estar seguras de haberme pagado, pero ninguna sabía decir cuándo sucedió.
—
¿Entonces
cómo es que estaban seguras?
—
No
tengo idea, pero aparentemente lo estaban y no había disposición a pagarme.
Violeta me mandó audios amenazantes, me trató de caradura por reclamarle mi
plata siendo que me quedé en su casa, casi como si eso le diera derecho a
cobrarse un impuesto. Un delirio, realmente.
—
¿Y
vos estabas seguro de que no te habían pagado?
—
Por
supuesto, Manuela. Me extraña que dudes de mí. De hecho, tuve un movimiento
maestro con eso. Cuando todavía estaba en Mendoza, el último día en casa de
Candelaria, me di cuenta que se estaba haciendo la boluda para no pagarme. Por
otro lado, su madre había saldado parte de la deuda, pero se había olvidado de
esa plata restante y, obviamente, quien debía recordárselo no lo hizo. Le mencioné
en alguna ocasión a Candelaria que todavía me debía esa plata y me decía que
después se la pediría a su mamá. Nunca pasó. Llegado el fin de mi estadía
decidí tomar una garantía de pago de su habitación.
—
¿Cómo
es eso?
—
Fui
a su biblioteca y me agarré un libro. Si ella me daba la plata, le devolvía el
libro a la biblioteca con el mismo sigilo que cuando se lo sustraje y aquí nada
ha pasado; si no, me lo quedaba. Tengo que admitir que me costó elegir, no
quería nada muy grande para no ser muy dispar con el monto que me robaron.
Entre tanto libro de quinceañera encontré un libro de la mejor pluma del país,
y lo tomé como resarcimiento emocional.
—
¿Saer?
—
¿Eh?
—lancé una carcajada breve como una tos— ¿Vos de verdad pensás que le da el
cuero para leer a Saer? No, no, uno más popular. Pero bueno, no importa el
autor. Creo que en el fondo solo quería hacer gala de como preví la situación a
la perfección.
—
Después
de la oda al ego, imagino que podemos continuar —Me volteé a verla. Manuela
observó su reloj y me devolvió la mirada— Visto que tenés interés en el tema ¿No
sentís que Candelaria cumple un rol parecido al que Violeta le acuña a la mamá
de Ariel? Quiero decir, en algún punto ambas le ofrecen una opción segura, una
zona de confort y lo terminan manteniendo a raya a base de hostilidad. Es como
si él buscase una segunda madre, con todo lo que ello implica.
—
Tiene
sentido… Sí…Y su actitud es similar para con ambas. —para este punto, mis
pensamientos fluían en voz alta—
—
¿No
siente deseo sexual por ninguna de las dos?
—
Al
margen de eso. Este proceso que la mamá de Ariel hace para que él no se meta de
lleno en la vida adulta y plenamente independiente es parecido al que hace
Candelaria para intentar privarlo de que explore su amor real. Y él acepta esas
condiciones porque meterse en cualquiera de esas dos aventuras es exponerse al
dolor, pero también a la gloria y felicidad que solo alcanzan los valientes.
Con ambas, el simplemente asiente y obedece.
—
Me
perdí ¿Cuál sería el amor real de Ariel?
—
Maira,
obvio. El chabón siempre estuvo perdido por ella, pero no tiene la fuerza vital
ni el valor para animarse a meterse en esa espiral emocionante, también
dolorosa, que es estar enamorado y jugarse la vida por ese amor. Él prefiere el
confort, que lo meen pero que sean figuras permanentes, no sabe lidiar con lo
impredecible de la persona que desea. Y a su vez, Candelaria es envidia pura.
Hace no mucho me dijo algo así como que “todas las personas le dicen que Maira
es alguien interesante, espectacular” pero que ella la veía como una más, y que
la había decepcionado que Ariel sea uno de esos tantos que se fascinaron por su
mejor amiga. Yo me pregunto, si tantos somos los que vemos a Maira como alguien
más interesante que ella, de mínima, ¿no habrá un poco de realidad en ese
planteo? Ni hablar si uno se pone a comparar en serio, ahí lo dispar se eleva.
Mirá, por ejemplo, del libro ese que en teoría están haciendo, lo único que
vale la pena es una seguidilla de párrafos en los que se nota una pluma
creativa, la de Maira. Ella tiene el talento y la sensibilidad, Candelaria en
el fondo lo sabe, y la enerva.
—
Si
él realmente tiene su deseo en otro lado, entonces va a terminar decantando
hacia allí. O debería, también es cierto que se nota una voluntad mermada en su
personalidad. Me interesa el empate entre Ariel y vos. En algún punto están en
una situación similar: buscan llenar un vacío enorme de amor con una respuesta
conformista en cuanto a sus expectativas. Da la casualidad que esa respuesta
conformista es la misma persona.
—
Es
muy difícil simular el amor. Al principio la duda de estar engañándote a vos
mismo es un susurro y crece poco a poco, hasta que se vuelve insostenible y por
algún lado se tiene que liberar. Yo creo que él intenta tomar ese sentimiento y
esconderlo en un recoveco de su mente hasta olvidar dónde está porque le parece
incorrecto sentir eso. Pero lo daña guardárselo, lo hunde más y más en la
depresión.
—
Volviendo
a tu teoría de las dos madres, ¿cómo digiere Ariel los momentos en los que es
tensionado para tomar una cierta decisión?
—
Con
ambas la respuesta a la presión es intentar contentarlas obviando o incluso
forzándose a creer que eso que ellas quieren es lo que él quiere hacer.
Renuncia a sus intereses para estudiar una carrera que nunca despertó emoción
alguna, para regalar la exclusividad de una relación que tampoco le movía un
pelo, para realizar actividades que quizá en ese momento no tenía ganas de
hacer, para dejar de ser él.… Él solo acata los deseos ajenos asumiendo que de
esa manera va a encontrar el camino hacia su identidad, y lo único que hace es
diluir esa esencia propia en una masa carente de personalidad, en un ente que
vaga por su ciudad de acá para allá sin llamar la atención, como un fantasma. En
un resquicio de lo que alguna vez supo ser Ariel Blanco.
—
Quizá
sigue el camino que le proponen ellas porque nadie ofrece un contrapunto.
—
¿Me
estás sugiriendo que yo lo haga?
—
No,
estoy teorizando al igual que vos. Si le hablás sobre esto o no, es decisión tuya.
—
Es
que yo sé que debería hacerlo, pero no lo va a entender. Se va a ofender, va a
volver a ponerse a la defensiva porque ataqué a una parte de su vida que objetivamente
lo está dañando y, al final, no va a hacer nada. Ya lo hizo una vez, ofendiéndose
porque “hablé mal de Candelaria” ¿por qué no lo haría de nuevo?
—
No
se lo digas entonces. Ahora, tené en cuenta que hay una de sus madres que ya
demostró que quiere alejarlo de vos. No sería raro que siga intentándolo, por
los medios que sean necesarios, como no sería raro que él termine por ceder a
esa voluntad ajena.
—
Si
me quedo en el molde, le regalo la cancha.
—
Quizás.
—
Tengo
que encontrar una forma de poder decir lo que siento sin divagar, sin darle la
suavidad que siempre termino dándole a mis consejos en mi afán de cuidarlo y
que no se sienta mal… Lo peor es que temo que sea tarde.
—
Puede
ser. Pero en todo caso, retrasarlo es agrandar más esa posibilidad.
—
No
sé qué hacer.
—
Lo
dejamos para la semana que viene, entonces. Pensalo.
Abombado, tomé mi saco del perchero
y saqué del bolsillo derecho el dinero de la sesión. Seguí a Manuela hasta la
boca del ascensor. Me sentía extraño, con una incomodidad punzante que buscaba
a mil por hora la respuesta a mi encrucijada. La luz del interior del ascensor
borró la oscuridad de mi rostro. Entonces, lo entendí.
—
Ya
sé. Ya sé qué voy a hacer.
—
¿Sí?
¿Qué vas a hacer?
—
Voy
a escribir un cuento.
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