Bitácoras de viaje (el inicio del todo)
Bitácoras
de viaje por Damián Campos
Imaginate
en la estación de trenes, la tarde-noche le da el color a la situación, te dirigís a la gran ciudad
mientras mirás hacia el andén del frente, las masas vuelven a sus casas, uno
parece ir a contramano de la realidad, de la costumbre, de todos. Visualizás a
la gente siguiendo la inercia de otras personas, y en ellos te ves reflejados,
pero no como un reflejo per se sino como un contrario, un contrarreflejo de tu
persona, parada en el andén contrario, como un espectador, un tercero que no
quiere unirse a esa masa uniforme que parece no pensar por sí mismo y
simplemente actúa como el resto. Hay quien pudiera verlo como un pensamiento
ególatra, vacuo y soberbio pero quien piense eso no entiende el claro contraste
entre la soberbia y la soledad.
La
soberbia precisa de autosuficiencia, uno no precisa de otro porque considera al
otro un ser inferior e inútil, actúan cual rey observando a su reinado con
indiferencia. La soledad te hace necesitar del otro, analizarlo, tratar de
entenderlo. La soledad te lleva a la filantropía e, indirectamente, a
tendencias misándricas.
La
sociedad está en una constante persecución con la soledad, tratando de evitar
caer en sus garras, y una gran parte de ella logra escapar pero ignorando el
hecho de que su base, sus individuos más talentosos, aquellos capaces de sentar
las bases de la misma y transformarla, han caído en las fauces voraces de la
soledad. Peor aún, ese sector más obtuso parece dedicado a intensificar la
situación en la que caen quienes son sus cuasi salvadores. ¿Quién podría, en su
sano juicio, ir a contrapelo de su salvación? Es ilógico, y en muchos sentidos
la sociedad camina a la falta de lógica.
Parafraseando
a Félix Lope de Vega “A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para
andar conmigo, me bastan mis pensamientos.”, la tendencia a la ensimismación se
vuelve una constante en aquellos que trascendemos al humano promedio. Ahora
resta preguntar ¿Es algo que viene con nosotros o somos llevados a este estado?
Las personas parecen indispuestas a escuchar una voz distinta, una
contraposición, una mirada nueva y prefieren su sentimiento autosuficiente y
cuasi cliché justificándolo en no ser los únicos, en que el resto también lo
prefieren, apoyan su inseguridad en las mayorías. ¿Y de los intelectuales? Hay
dos tipos, los que nos mantenemos inquebrantables ante todo lo que se cruce,
firmes ante la adversidad y amalgamados con esa soledad que parece un estigma
discriminatorio, y los que ya están muertos. Pero cuidado, esa muerte no tiene
un porqué para ser física, la misma aún puede ser moral. Tristemente hay
intelectuales que son incapaces de soportar su estigma y ahogan su capacidad en
tratar de ir a aquel andén contrario, buscan ser normales y de algún modo lo
logran. Todo indica que todos quieren ir a las masas ¿por debilidad? Quizá, o
quizá a culpa de las mismas masas por volver a estas personas unos enajenados y
solitarios individuos.
Si
uno lo piensa solo con lo expuesto podría pensar que los intelectuales son
seres débiles y endebles ante lo que los rodea, pero ese sería un error cuasi
fatal. El intelectual es capaz de confrontar masas por él mismo, criarse en la
soledad lo hizo fuerte y su voluntad trasciende a la normalidad hegemónica que reina
la sociedad en la que vive. Pero el intelectual es frío, la falta de contacto
con sujetos endebles lo hizo rígido y calculador, y pone a prueba a todo lo que
puede. ¿Y quién nos puede culpar? Si el poder es la ansia más grande del ser
humano ¿Quién con un dedo en el gatillo y el cañón de la escopeta apuntando a
un ser que le es indistinto y que su existencia (o la ausencia de esta) no le
afecta en ningún aspecto, no dispararía? Entonces ¿Quién puede culpar al que lo hace con un
motivo? El análisis se intensifica para entender la “crueldad” con la que actúa
el intelectual y su motivante. Su actuar es causado por la frustración de no
encontrar a otro de los suyos; el intelectual pone a prueba a ciertos
individuos para saber si es capaz de entenderlo, si (por fin) podrá tener una
charla más allá de la banalidad, y al no encontrarlo simplemente lo descarta.
Pero no los descartan y ya, los defenestran, los dilapidan, y el porqué de esa
fuerza violentamente abusiva aparenta no tener explicación alguna.
Probablemente la soledad crea seres incapaces
de medir el daño al que pueden someter a los destinatarios del ataque indómito
del intelectual. ¿Qué concepto de bien o mal, suficiente o insuficiente, cruel
o clemente, amor u odio puede tener alguien que no conoce del todo al ser
humano como individuo? Los conceptos macros son una banalidad, cualquier subser
capaz de concatenar una pocas palabras puede hablar de cuestiones macro, la
antropología es una ciencia simple incomparablemente sencilla respecto a entender
a un mísero humano.
La humanidad desde la individualidad es
sumamente compleja pero no para todos, solo para el intelectual. La persona común y corriente es
capaz de tomar el comportamiento humano como algo implícito y su actitud
respecto a este es sumamente natural e intuitiva. El intelectual, al no haber
nacido naturalizado a este ambiente simplista en sus acciones pero complejo en
la naturaleza y el porqué de las mismas (curioso oxímoron se forma al analizar
este tipo de cuestiones), mecaniza el accionar humano. El intelectual debe
tratar de buscar patrones para poder camuflarse en el cúmulo de personas
normales, debe elaborar teorías para tratar de encontrar esa cuestión tan
natural en el no-intelectual, debe tratar de dejar de lado su pensamiento
intelectual para tratar de anexarse a los humanos promedio.
Un punto clave para analizar esta cuestión es
la adolescencia, etapa de soberbia en la vida donde la egolatría les da forma a
los futuros adultos, cada generación parece crítica, cada vez más radicalmente
estúpida (en toda la complejidad que implica la estupidez) y destinada al
fracaso. La adolescencia es la opera
prima del proceso separatista de la sociedad, y para nada resulta
sorprendente teniendo en cuenta la maleabilidad del adolescente promedio. Uno
de los mecanismos más evidentes es la tergiversación de la inteligencia; el
adolescente frustrado por no lograr destacar del resto justifica su fracaso, lo
justifica en frases que, tan velozmente, se volvieron populares: “las notas no
son relevantes”, “todos tenemos distintas cualidades”, “no hay humanos más
capaces que otros, solo distintos”. También lo justifica en su adhesión al
cúmulo de normalidad, emitiendo opiniones vacías que ni siquiera es capaz de
interiorizar (no solo por no coincidencia de pensamientos, incluso por su
propia incapacidad e inutilidad que encubre con sus justificaciones). Pese a
esto el adolescente no es consciente de estas cuestiones, simplemente se dan en
lo profundo de su psique, otra cosa totalmente opuesta sucede con el
intelectual adolescente. El intelectual adolescente es quien está más cerca de
su muerte moral, la presión social que sufre por pensamientos autoinfundados y
externos lo hacen caer en una crisis pseudoexistencialista.
La crisis del adolescente intelectual tiene de
base al deseo intrínseco del ser humano por aquello que no tiene, el
intelectual ve en los adolescentes promedio la felicidad de vivir en la
ignorancia y piensa constantemente en caer en ella. Aun así no peca de
estúpido, es capaz de ver las ventajas de ser como es y entiende sus
beneficios, pero la naturaleza humana le puede y vuelve su crisis una constante
en su vida. Es irremediable su situación, incapaz de poder mantener una
conversación con un valor real, o de poder amalgamarse a la conducta sinsentido
que parece seguir este sector de la sociedad.
Es por este mismo motivo que en la
adolescencia es donde más intelectuales se pierden ¿quién sabe cuántas mentes
brillantes ahogaron su saber en idiotez para poder pertenecer a la sociedad? O
peor aún, ¿Cuántos esconden su verdadera faceta para tratar de pertenecer a un
grupo pero en el fondo se dan cuenta que ese grupo no es más que el resultado
de un autoengaño constante? ¿Cuánto más podrá aguantar alguien es esa
situación? El adolescente intelectual anhela una vida que no tiene, y siente un
primer (y quizá único) contacto con el amor real; ama a aquello que implica lo
que le gustaría ser, su deseo amoroso más profundo no es más que la
personificación de su necesidad egoísta de dejar de lado su saber. La persona
que represente mejor dicha necesidad egoísta puede variar pero el concepto es
inamovible, mientras cumpla ese rol antagónico respecto de sí mismo el
sentimiento será el mismo, independientemente de quien sea.
Hay otro tipo de amor para el intelectual, el
amor por un par, ya que implica su desahogo total. El intelectual es consciente
de que encontrar a otro como él es sumamente improbable, y cuando lo encuentra
lo ayuda a ayudarlo. La sola posibilidad de tener una conversación digna de sí
mismo y que realmente lo motive genera el sentimiento de amor y necesidad más
grande que existe. Aun así busca no explotar en toda su plenitud a su par, cual
hambriento cuando solo le resta un trozo de pan dosifica su contacto para poder
disfrutarlo y valorarlo como se debe.
En definitiva, al tratar de entender el
comportamiento de los intelectuales caemos en el gran dilema del huevo y la
gallina, ¿Es la sociedad quien lo vuelve un ser solitario o la soledad la que
provoca el rechazo social? Quizá es indistinto al entender que la humanidad, en
su conjunto, pierde su opus magnum y
lo relevante sea buscar la integración de los mismos desde lo individual. Y la
individualidad parece una gran carencia de la sociedad, pocos parecen capaces
de subsistir por sí mismos tras la vorágine de dependencia que azota a las
personas desde la adolescencia.
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