Historias de una vida pasada (cuento escrito para Concurso Literario organizado por AILE Villa Carlos Paz)
AUTOR:
Damián Campos
“Historias
de una vida pasada”
Si yo estuviese en el lugar de alguno de
ustedes, estimados lectores, no sé qué esperaría que diga en estas líneas.
¿Quieren que confiese si realmente maté a mi jefe o no? ¿Quieren saber cómo
logré todo lo que se me adjudica? Seguramente termine contestando todo aún pese
a no querer hacerlo.
Miren, yo pienso que los veinticinco años que
al juez se le ocurrió darme fueron totalmente injustos. Bonazzola, no pienses
que me olvidé tu apellido ni lo que me hiciste. Los corruptos en la justicia
como vos merecen lo peor, sinceramente no entiendo cómo puede haber gente que
avale su posición dentro de los organismos gubernamentales. No obstante, y pese
a las injusticias que atravesé, agradezco mucho que me hayan metido al pozo
séptico que es la cárcel de Devoto. Digamos que mi vida no tenía demasiado
sentido hasta que me sumergí en este lugar y creo que, en el fondo, yo provoqué
el fallo del juez en mi contra.
Verán, volver a mi día a día no hubiese sido
posible, imagínate que yo concentraba todos mis esfuerzos en conseguir ser
declarado inocente, la gente seguiría pensando que quizá yo maté a mi jefe, los
medios me seguirían por mucho tiempo más, no podría conseguir otro trabajo, mi
familia no sabría con qué ojos mirarme… La realidad es que salvarme de la
condena hubiese sido fácil; mi jefe, Walter, era un pobre patán al que le
habían dejado un cargo que le quedaba grande. ¿Qué suele hacer un patán cuando
empieza a notar que está en un rol de poder muy por encima de su capacidad?
Utiliza la fuerza, aprovecha su poder para afianzarse aún más en una posición
que no merece. Walter era repugnante, puedo jurarte que si llevaba a cualquier
empleado del laboratorio para que declarase cuál era el trato que recibía de
él, hoy sería un hombre libre. Pero, siendo totalmente honesto para con
ustedes, no quería estar libre. Mi vida allá afuera era un constante agobio, mi
objetivo siempre fue llegar alto (como todos, supongo), escalar y ser el mejor.
A uno se lo educa con esta visión conquistadora de estudiá, conseguite un
laburo, formá una familia, y mantenete estable hasta el fin de los días. Sin
embargo algo en mí siempre me pedía más, en el colegio mi objetivo no era
terminarlo, mi objetivo era ser el mejor, destacar, ser alguien frente a la
multitud; en la universidad no paré con esa visión y seguí esforzándome en ser
un prodigio, terminé la carrera en tiempo récord y con el mejor promedio de mi
camada. No obstante, estos “triunfos”, al final del día, no tienen nada que
envidiarle a los efectos de las drogas. Un pequeño subidón de dopamina, unos
segundos de grandeza y de vuelta al día a día, a no parar, a seguir en la tarea
de conquistar todo lo que tenga a mano. Siento que esto erosionó mi fuerza
vital, me estresó, y el punto final donde mi estilo de vida entró en crisis y
cayó fue cuando me enfrenté por primera vez con una injusticia de magnitudes
dantescas. Todo empieza cuando entro a Bagó, como empleado en el sector de
control de calidad. Como podrán deducir, el título con honores en ingeniería
química y mi ambición no iban a dejar que me quedase en este puesto, y en
efecto no me dejaron. Fui escalando en la empresa, cada puesto que subía le
daba más combustible a mi ambición, estaba en un frenesí imparable de logros
dentro de Bagó, hasta que me crucé a quien me llevó a prisión.
Digamos que Walter era la antítesis de mi
realidad. Hasta donde sé era el sobrino del CEO de Bagó, Sebastián Bagó (h).
Walter era un pobre fracasado, con mucha suerte y asumo que algún billete logró
recibirse de farmacéutico y, al año de recibirse, recibió el puesto que ostentó
hasta su último día de vida. Y mi resentimiento hacia su figura no va por el
hecho de haber tenido suerte y llegar a un buen puesto sin esfuerzo
alguno. No, al contrario, lo que me
enerva la sangre es que el muy inútil no haya sido ni consciente de dónde
estaba parado, ni capaz de usar su suerte a su favor. Un sujeto conformista era
Walter, e ineficiente.
Él, personalmente, me invitó a su lujosa
oficina para felicitarme por el ascenso. Parecía un tanto consternado, había
una disonancia muy grande entre sus palabras y su mirada. Su mirada parecía
llena de temor y odio, mi estrepitosa subida en los últimos años no había
pasado desapercibida para él, y sabía que mi siguiente paso era él. O quizá no,
quizá simplemente era ignorante de todo esto y simplemente todo esto pasó por
mi cabeza. No tengo idea. Siempre que me lo debato pienso algo, y su
contraargumento. En el fondo creo que era tan incompetente que no se dio cuenta
de mis intenciones de desbancarlo.
El tiempo en este puesto pasó y, muy a
diferencia de en estadíos pasados, Walter era un tipo tosco. Los otros jefes
que tuve tenían claras carencias y fortalezas, si jugabas estratégicamente les
ganabas y, tarde o temprano, los dejabas atrás. Sin embargo Walter era
simplemente muy malo en todo, un patán. No dudaba en maltratar a sus empleados
para fortalecer su figura. Contadas, y sin exagerar, me mandó a Recursos
Humanos unas siete veces en el plazo de un año. El quiebre final entre nosotros
dos fue después de la séptima. Me acerqué a su oficina, hastiado porque, para
colmo, pausaron mi proyecto de ese año. Entré dejando en el aire los
comentarios de su secretaria que exclamaba “Walter no puede, está una reunión,
¡hey! No podés entrar”. Si tanto quería que no entrase hubiese levantado su
culo gordo del escritorio para pararme. Entré, Walter rápidamente se sube los
pantalones y le pide a quien quiera que sea la mujer con la que estaba que se
hiciera a un lado. No tuve tiempo ni de reaccionar al hecho de que mi jefe
estaba cogiéndose a una cualquiera mientras me mandaba a los de Recursos
Humanos a parar mi proyecto. Él se acerca hacia mí y yo no bajo el ritmo, era
el momento definitivo, el clímax de mi existencia. La adrenalina me producía un
éxtasis absoluto en mi cuerpo, podía sentir cada pelo de mi cuerpo, cada gota
de sangre recorriendo mis arterias, mi corazón marcando el compás de la que
sería la obra magna de mi vida. El primer puñetazo vino de su parte, apuntó
directamente a mi cabeza, pero era patético hasta para esto, fue sencillo de
esquivar. Contraataqué con un golpe a la costilla, lo hice titubear,
oportunidad que aproveché para agarrarlo de su lujosa camisa y empezar a
empujarlo contra el enorme ventanal de su oficina. El tipo gozaba de una suerte
gigantesca hasta en estas situaciones, al querer tirarlo contra el ventanal
tropecé con un zapato de la mujer con la que estaba el tipo (mujer que dicho
sea de paso, no hizo ademán por ayudarlo, ni por buscar ayuda, se quedó
mirando, espectadora de mi descenso a la locura), perdí unas milésimas de
segundo el equilibrio, milésimas que el tipo aprovechó para agarrarme
firmemente y tirarnos a los dos por el ventanal.
Fue curioso, las instalaciones de bagó eran
tan laberínticas y mi atención hacia la arquitectura de las mismas era tan vaga
que no pude prever que la oficina de Walter esté en un primer piso. Los pocos
segundos que caí viví esta situación tan cliché de “ver tu vida”. Digamos que
mentalmente estaba preparado para la muerte, y pensé que en ese momento
llegaría. Durante estos segundos tan personales, me dí cuenta que esto era lo
mejor que había hecho en mi vida, dejarme llevar y romper el ciclo de una vida
estresante era lo que más necesitaba y no lo noté hasta este momento. Pese a
ello no me arrepentía de haberle dedicado mi vida a formarme como lo que soy,
sé que si no hubiese vivido todo lo que viví, este momento de placer de
finalmente salir del cascarón no hubiese sido tan poderoso. Esa última
reflexión coincidió con el momento en el que mi espalda impacta con el rígido
pavimento.
Los segundos posteriores podrían compararse,
sin lugar a duda, a esos momentos en los que te empieza a hacer efecto una
dosis considerable de marihuana:
¿Qué pasó? ¿Estoy muerto? Entonces tenía
razón, cuando te morís podes seguir viendo, solo que nadie lo sabe. Esperá ¿y
si no estoy muerto? Tratá de moverte, dale, un brazo. Ok, no lo siento pero veo
el brazo en el aire. ¿Esto implica que estoy vivo? Quizá es como en Enter The
Void, quizá no soy yo y es mi alma o alguna cuestión por el estilo. Lo único
que siento es un cosquilleo en todo el cuerpo, como si estuviera cubierto de
hormigas que caminan frenéticamente por sobre mi piel. ¿Qué es eso? Walter, se
lo ve golpeado, no termina de erguir su espalda, debe estar vivo. ¿Qué hace?
¿Por qué se puso encima de mí? Me está golpeando. ¿No sabrá que estoy muerto?
En rigor de verdad, si alguien sabía desde dónde había caído
y por qué no estaba muerto, ese era Walter. El primer puñetazo cayó en mi
rostro, sentí como si una de esas hormigas que recorrían mi cutis hubiese
tenido la desfachatez de morderme. El segundo se hizo presente, cambió el
enfoque de mis ojos, ahora podía ver con más claridad. Mientras Walter
levantaba el puño para asestar el tercero, pude ver detrás de su cabeza el
vidrio roto, a un escaso primer piso de altura, entendí finalmente que no
estaba muerto.
El tercer golpe me despertó. Sentí como mi
cuerpo se encendía nuevamente, como mi corazón pasó a aumentar su ritmo
repentinamente, como mis pelos se erguían y las hormigas que cubrían mi cuerpo
se iban volando repentinamente, como si un poderoso viento las hubiese empujado
fuera de mí. El cuarto golpe estaba cayendo cuando hago mi primer movimiento.
En una milésima de segunda desestimé la idea de cubrirme, me haría ser una
bolsa de boxeo y yo no estaba dispuesto a conformarme con la defensa solamente.
Decidí, quizá muy en contra de lo intuitivo, levantar mi torso en la dirección
contraria al puño, y en el momento justo hacer mi cabeza a un costado con tal
de esquivarle. Tras él fallar su puñetazo, empezaba mi turno. Creo que en ese
preciso momento esbocé una sonrisa.
Nuestras caras estaban una frente a la otra a
una distancia casi nula, me encantó verlo cuando desde atrás tiré de su cabello
con mi mano derecha al mismo tiempo que llevaba todo mi peso hacia adelante.
Las tornas se habían dado vuelta, ahora yo estaba encima. Sin embargo, mi
cuerpo me decía que eso era muy fácil. Me paré y lo levanté a él, para darle un
fuerte puñetazo que lo volvió a tumbar. Mientras caía pude ver mi entorno,
estábamos en el estacionamiento, y estaba prácticamente vacío. Era un sueño, lo
tenía todo para mí, y nadie iba a pararme. Decidí repetir el procedimiento de
levantarlo y tumbarlo, esta vez intercalado con un rodillazo al estómago. Cayó
unos metros más adelante que la última vez, cerca de un cordón del
estacionamiento.
Ese cordón tenía algo, me llamaba, no podía
sacarle la vista. Walter, con sangre emanando de su nariz y por encima de su
ceja derecha, se arrastraba lejos de mí. ¿Pensó que podía escapar? No sé,
supongo que uno en esa situación se aferra a cualquier cosa que le de unas
mínimas posibilidades de sobrevivir. Lamentablemente Walter se acercaba al
cordón mientras se arrastraba, y mi mente unió conceptos. Lo agarré nuevamente
del pelo y lo arrastré hasta el cordón. Una patada a las costillas y esbocé las
que fueron las últimas palabras que escuchó: “poné la boca en el cordón”.
Yo creo que si solo hubiese sido una pelea, y
se moría porque le hundí la nariz de un puñetazo, no hubiese levantado el escándalo
que levantó esta situación. Obviamente sé que lo que hice rozaba lo sádico pero
necesitaba hacerlo. Era lo más cercano, metafóricamente hablando, a morder el
polvo. Él, obviamente, no cedió tan rápido, necesitó una patada más en la
costilla izquierda para finalmente colocar la boca en el cordón. El pequeño
roce entre sus dientes y el asfalto hizo el sonido más bello que había oído
nunca. Era muy tenue, sin tanta adrenalina encima no lo hubiese escuchado. Era
el momento.
Por unos segundos me puse a pensar en por qué
pensé en esta forma de sentenciar el asunto. Había escuchado la expresión en
algún lado pero jamás vi una representación de ello. Digamos que me parecía
increíble. ¿Quién ganaría? ¿Una potente patada a la nuca o una débil mandíbula?
Pese a saber que ganaría mi pie, no podía imaginar qué sucedería después. ¿Se
le partirían unos dientes? ¿Se abriría su mandíbula como si de un pac man se
tratase? ¿Quedaría trabado en un punto medio entre las dos ideas que propuse
antes? No tenía idea, pero quería saberlo.
Levanté el pie, él solo cerró los ojos, supuse
que había asumido su destino. Y decidí hacerlo. He de admitir que temí no
hacerlo con el vigor necesario, que necesitaría dos intentos. Quizá en el fondo
anhelaba eso para tener una oportunidad de repensar todo y convencerme de que
no valía la pena, pero todo quedó atrás porque el golpe fue seco. Su mandíbula
se había sobreabierto, al momento del golpe todo su cuerpo se tensó fuertemente
durante un segundo, para luego relajarse completamente. No pude ver el
resultado completo de mi acto porque tuve un bajón adrenalínico enorme. Sentí
como toda mi fuerza se escapaba de mi cuerpo y caí rendido al suelo.
Lo único que recuerdo posterior a eso fue
sentir cómo me levantaban para llevarme, abrí los ojos pero todo era borroso,
los cerré y siento que no los volví a abrir por días. Sé que hubo muchas
cuestiones burocráticas, interrogatorios, algún que otro apriete pero la
realidad es que no recuerdo nada de eso. Vivía sin darme cuenta qué sucedía,
dejaba pasar las cosas porque sinceramente no me importaban. Llegué a
plantearme la idea de matarme pero no tenía fuerza de decisión ni siquiera para
eso. Me dejé llevar.
El verdadero primer recuerdo firme que tengo
desde que me desvanecí fue cuando ya me estaban llevando a la cárcel de Devoto.
Estaba en una suerte de micro muy precario, pintado de tonos azulados y verdes.
Yo estaba sentado en uno de los primeros asientos, esposado y con la cabeza
apoyada en el vidrio del micro. Esporádicamente el vidrio temblaba y hacía
rebotar levemente mi cabeza, mentalmente seguía el ritmo de estos golpes. En
algún punto bajamos de una autopista y cruzamos un parque, por primera vez
presté atención a lo que veía, al contraste del verde natural, vivo, que tenía
el parque respecto del verde tan artificial y muerto del micro. Al despertarse
mí vista también se despertó mi oído, era curioso, entre los murmullos de los
presidiarios podía oír la música que escuchaba el conductor: Space Oddity de
David Bowie. Me reí, había demasiados contrastes entre todo lo que me rodeaba.
Esa canción siempre me gustó mucho, me hacía pensar en la idea de romper la
rutina y explorar el vasto espacio que me rodeaba. En ese preciso momento, la
canción me recordó eso nuevamente, y me dí cuenta que tenía una nueva vida,
algo que estaba totalmente fuera de lo que había construido los treinta y cinco
años anteriores a ese instante.
La cárcel es un lugar muy peculiar. Hay muchos
mitos de los de afuera sobre qué sucede aquí adentro. No digo que no sean
reales, o que no suceda en otros lugares, pero sé que entré esperando algo y
encontré otra cosa. La dinámica acá adentro es sumamente similar a la del
colegio secundario: Hay muchos grupos, uno se acopla dónde puede, o donde lo
invitan. Quedarte solo no es una opción si pensás salir de acá cuerdo. Podés
hacerte grandes amigos y existe gente con muchísima influencia, la política
funciona pero de una manera un tanto particular, distinta al mundo exterior,
seguramente debido a la cantidad tan grande que hay de iletrados. Creería que
la única gran diferencia es que no tenés por qué cuidar tu imagen ya que la
chica linda del curso no existe. No obstante mantuve muy bien mi aspecto,
sentía que eso era un pilar importante para mantener mi cordura.
Al entrar todo se dio muy naturalmente, no
sabría dar un instructivo de qué hacer al entrar a una cárcel porque
simplemente pasan cosas y las seguís por instinto. Me tocó una celda no tan
precaria, supuse que mi estatus social me colocaba en un grupo de riesgo frente
al conglomerado más grande de presidiarios con cierta tendencia poco amigable
con gente como yo. Lo gracioso es que nos separaban en las celdas pero los
recesos eran en el mismo lugar, todo resguardado por un pobre tipo flacucho con
una escopeta (después descubriría que el tipo se llamaba Pablo, apellido
Azcurra, dos hijos, problemas permanentes con el alcohol pero pese a ello un
sujeto honesto.) ¿Qué podría hacer ese tipo para parar a veinte monos con
deseos de comerse mis tripas si ellos así lo deseasen? Sabía que acá no me
podía hacer odiar, porque no saldría bien parado de ello.
Saben, lo más curioso de conocer esta nueva
sociedad de la cárcel es que me devolvió las ganas de vivir. Todo esto que les
estoy comentando lo pude contar por primera vez una noche en la celda, mi
compañero era un tipo de nombre Gabriel, pero prefería que lo llamasen Libertad
(de hecho, tuve que esperar tres meses enteros para que el tipo se dignase a
revelarme su verdadero nombre). Gabriel entró acá por pertenecer a un grupo
terrorista anarquista, recuerdo responderle a esa confesión con un: “¿Todavía
existen esos? ¿Y te meten en la cárcel por anarquista? Sinceramente pensé que
lo único que hacían era tomar whiskey y fantasear con ideas inaccesibles”.
Podrán vislumbrar que no se lo tomó bien, pero no es que el tipo tenga mucha
gente con la que interactuar así que al día siguiente nos reconciliamos. Mucho
más adelante también me confesaría que pertenecía a una familia muy bien
posicionada, esta última confesión la hizo con muchísima culpa, como si
pertenecer a ese cierto sector de la sociedad le carcomiera por dentro. A mi
simplemente me resultó irónico, después de esa charla le conté mi historia.
Nuestra amistad sin duda era ácida, pero excelente, de las mejores que podes
conseguir en un lugar así. Durante esos días me puse a pensar si existe
dificultad alguna en hacer lazos fuertes o amistades incluso en lugares así.
Sinceramente pienso que no, y pienso que jamás me costó acercarme a gente
interesante, asumo que habrá que ser mucho más repelente que un asesino o un
terrorista para perder la capacidad de tener relaciones de verdad.
Con Gabriel solíamos interactuar con los
nuevos ingresantes, era una cuestión estratégica, si hay alguien que si o si va
a aceptar tu compañía es aquel que no tiene ninguna aún. Con el pasar de los
meses nuestro grupo era considerable, unos quince sujetos de estratos sociales
e historias totalmente distintas. Tener contacto con gente que no era de este
sector “privilegiado” del penal nos hizo respetados (o, al menos, no odiados)
por los sectores más pesados del lugar. Me gané el rol de líder de este nuevo
grupo que creamos, no es que haya costado mucho, al fin y al cabo lo creamos
junto a Gabriel, y él era el más introvertido de los dos.
Ya sé, se están desesperando, quieren saber
cómo logré lo que logré acá adentro. Qué poca paciencia, ¿no les gusta el
contexto? Nunca está de más, es muy enriquecedor. Pero bueno, todo comienza con
el grupo que les comenté. Los guardiacárcel son personas, pese que a veces no
lo parezcan, y generalmente buscan a presos “afables” para entablar
conversación en sus largos turnos de ocho horas. Yo, al ser un tipo con cierto
renombre y que, además, era del sector favorito de los mismos (claro, ¿Se los
imaginan interactuando con alguien marginado? Una locura, al parecer…) era uno
de los favoritos entre los candidatos a la
charla de la noche. Las charlas eran variopintas, siempre que podía accedía
estratégicamente a información que ningún reo tenía. ¿Sabían que la prima de
Pablo, el del patio, era la que estuvo con Walter antes de, bueno, lo que pasó?
A veces el mundo es muy pequeño. Más allá de los datos irrelevantes, conseguí
verdadera información invaluable sobre el funcionamiento de la cárcel, de los
empleados y la arquitectura de la misma.
En este punto de mi relato debo confesar que
mi objetivo principal acá adentro no era sobrevivir, mi objetivo era escapar de
este lugar. ¿De qué me serviría sobrevivir? Es una pregunta en serio, y se los
pregunto después de darles todo el marco que necesitan para entender mi
decisión. Alguno podría pensar lo mismo que mi madre cuando, por alguna razón,
se hablaba de los escapes de la cárcel: “¿qué
sentido tiene? Te escapas y te viven buscando, no podés estar en paz”. Debo
admitir que hasta entrar acá tenía una visión similar a mi madre, pero una vez
adentro lo entendí: allá afuera no hay vida. ¿Qué querría mi mamá que haga?
¿Que espere la mitad de lo que me queda de vida acá adentro para salir como un
vejestorio con antecedentes que, bajo casi ningún término, podría conseguir un
trabajo? El que se somete a eso no tiene ni idea de la vida, y se va a dar
cuenta muy tarde. Escapar te da algo que ninguna otra opción de las pocas que
tenés acá adentro te da, un objetivo por el cual vivir. Vivir escapando es vivir
con el riesgo en la sangre, con un propósito, no volver al lugar del que
viniste. ¿Y planear cómo irte? Otra cosa
con una riqueza sensacional invaluable.
Miren, la realidad es que todo está pensado.
No hay un punto débil, no hay algo obvio que hacer, no hay falencias. Todo lo
que uno puede hacer es esperar a la única clase de error que puede existir, el
que es espontáneo, el error humano.
La información que poseía sobre la cárcel
tenía mucho valor entre los presidiarios, usualmente no sería posible transmitirla
entre los presos porque los guardias serán humanos pero no boludos, y tienen
formas de actuar ante “cúmulos de presos poco usual o potencialmente peligroso
para el orden del penal” (en palabras de alguno de los pobres diablos que me
hablaban). Yo conocía este protocolo, por lo que utilizaba mi posición como un
preso “coral” que interactuaba con todos para comentarle mis ideas a todos los
sectores del penal sin levantar ninguna sospecha. Era un acto de coraje (no es
que quiera echarme flores, pero lo era) pero debía ir solo a interactuar con
tipos que, si no fuera yo y en mi lugar estuviese algún otro ricachón, no la
contaría.
Todos los presos sabían lo que yo sabía, y
todos decidieron darme su confianza. Les dije que, cuando la situación se
preste, actuaría, y ellos sabrían que debían seguirme. Todos me prometieron no
actuar por su cuenta (alguno más creíble que otros) pero, por precaución, me
puse en un rol de poder por sobre el de ellos, al decirles que si alguno
decidía actuar por su cuenta, mi grupo no intervendría. Dado que el grupo que
formamos con Gabriel se había vuelto aproximadamente el 30% de los presos, el
que quiera actuar por su cuenta estaría en un problema numérico bastante serio.
La realidad es que, sin la planificación necesaria, aún con el total de los
presos podíamos perder. Tenían que hacerme caso porque era nuestra única
oportunidad.
Antes de seguir con el relato que todos
ustedes están tan ansiosos de leer, me gustaría contestar a una duda elemental
que alguno de ustedes podría tener, ¿por qué tanto? ¿Por qué tomar la cárcel y
planear algo tan ridículamente meticuloso a la par de riesgoso solo para
escapar? ¿Por qué no un agujero en la pared o una cuerda hecha de sábanas como
todos los que tienen como objetivo el escape?
Hay dos razones, ambas seguramente increíbles
si no lo viven en carne propia, la primera razón es que esos métodos
mencionados solo pasan en las películas. Nadie es capaz de hacer un agujero en
concreto sin ser escuchado, ¿conseguir un utensilio? Muy fácil, ¿utilizarlo
para eso? Un desperdicio. Jamás podrías hacer un agujero. Se los juro. ¿Y la
sábana? Un error garrafal. A ver, es ciertamente más probable que logres irte,
sin embargo, toda la atención cae en vos. Tu video saltando de un muro de diez
metros y rompiéndote el coxis está en todos los canales de televisión. Antes de
que puedas salir de la ciudad (con cero ayuda, no pienses que algún preso va a
velar por tu escape y te va a dar una mano) vas a estar rodeado de toda la
policía disponible. Vas a volver al penal antes de las veinticuatro horas y,
encima, con el culo roto. Creo que quedó suficientemente claro por qué no hacer
lo que suelen proponer. Sin embargo, resta contestarles por qué algo tan
grande, y para ello tendré que ser autorreferencial y decirles que todo lo que
hago es en grande.
Algún día previo, quizá meses antes del gran
evento, empezamos a tomar nota de todas las cámaras que había en el lugar. No
eran muchas y, muy a nuestra ventaja, el presupuesto era tan bajo que no tenían
cámaras “domo” de las que graban todos los ángulos. Algunos días después, al
salir al receso, nos organizamos para dar vuelta una cámara, de modo tal que
apunte al techo. La cámara estaba cercana a nuestra celda por lo que pudimos
tomar nota de cuánto tardaron en reponer la posición de la misma. Resulta que
jamás la repusieron. ¿Sería falsa? ¿No funcionaba? ¿Serán así el resto de
cámaras? Hay que probarlo. Semanas de por medio, me acerqué a gente de sectores
distintos del gran corredor para que hicieran el mismo experimento que
nosotros, NINGUNO vio que repusieran la cámara. Di la orden de que todos
repusieran el lugar de las cámaras, al fin y al cabo bastaría con que algún
ocioso guardiacárcel levantase la mirada para que todos quedemos bajo sospecha
y no poder hacer nada. Teníamos un obstáculo menos, nos regalaba mucho tiempo.
La cárcel en sí tenía una estructura que nos
favorecía, era como un gran pasillo, que empezaba con el “sector favorecido”
del que formaba parte, e iba en pendiente negativa hasta los reos considerados
más peligrosos. ¿Las armas? Literalmente al lado nuestro, en una habitación de
tres llaves. He de decir que pecaron de obvios al entrar a una habitación con
tantas llaves y salir con armas. Asumo que consideraron que a nosotros, los
reos más favorecidos, no nos iba a servir de nada esa información. Todos los
guardiacárcel tenían el mismo juego de llaves, y tuve tiempo suficiente como
para ya identificar cual va en cada cerradura. Innecesario, porque de
obtenerlas tendríamos tiempo suficiente para probar cual es cual, pero me gusta
hacer gala de que sigo siendo tan capaz como antes.
Finalmente, lo que tanto esperaron, el gran
día. Todo nació en un almuerzo, era el mes que le tocaba a Jorge Dellelis
cuidar el antro donde comíamos. Jorge, sin duda, era de los guardias que más me
repugnaba. Tenía fama de ser un abusador de poder, y era de los pocos que le
asqueaban hasta los presos de la zona privilegiada. Sin embargo, lo había
estudiado a fondo, sabía que era de los menos eficientes para reaccionar ante
algo fuera de lugar y, muy a su pesar, cometió un error que le costaría la
vida. Usualmente la puerta del comedor quedaba abierta, no creo que sea norma
cerrarla y, pese a lo contraintuitivo de la cuestión, era muy conveniente que
esté cerrada, teniendo en cuenta que hay un solo guardia para toda la cárcel,
sin posibilidad de comunicarse con los otros si no es por la radio. Dellelis
era el indicado también porque su tonada y acento eran fácilmente imitables,
por lo que las radio consultas rutinarias serían muy fáciles de evitar como
factor de riesgo para la misión.
Estaba todo listo y, como ya les dije, era yo
quien debía iniciar el gran motín. Honestamente no sabía qué tan bien podrían
reaccionar a mi iniciación mis compañeros. Siempre me costó mucho delegarle
cosas a la gente, pero claramente es imposible tomar una cárcel solo. Agarré mi
bandeja, y la tiré fuertemente a la cabeza de Alfredo, un tipo con obesidad y
que muy bien no me caía, asumo que por eso lo elegí. Me dio un poco de pena mi
comida, pero cosas más grandes venían. Jorge, como preveía, tuvo un tiempo de
reacción ciertamente lento, y para cuando estuvo cerca de agarrar su radio mi
buen amigo Gabriel lo había noqueado por la espalda. Todo había salido
perfecto.
Me subí a una mesa, calmé a mis compañeros y
empecé a liderar el gran levantamiento de la cárcel de Devoto. Les pedí que
aten a Jorge más no fueron pocos los que me pedían permiso para rematarlo.
Diría que quise decir que no y ellos lo hicieron igual, pero la realidad es que
accedí sin mucho titubeo. Le rompieron el cuello y lo apuñalaron unas tres
veces, me sorprendió lo poco cruel de la ejecución, quizá sí soy un tanto más
sádico de lo que creía.
Tomé el arma de Jorge, supuse que no la iba a
necesitar más. La realidad es que nunca había usado un arma hasta ese entonces,
pero no iba a delegar el poder de uso de la misma a ninguno de mis compañeros,
sería una locura. El siguiente paso tenía que ser hecho con presteza porque de
salir mal se venía abajo no solo el plan sino que también mi lugar en el
pasillo, sin duda me mandarían a las celdas del fondo, las que están justo al
lado del comedor y la puerta que da al patio. Mis compañeros tenían la orden
de, si salía mal, no hacerse cargo, todo el peso de la responsabilidad por la
muerte de Jorge lo asumiría yo (¿Quise yo esto? No, pero los negocios son así y
si no cedes no pretendas salir airoso). Me vestí con la ropa de Jorge, y llevé
a Gabriel como llevan a los reos rebeldes cuando quieren darles una golpiza. Ya
habíamos hecho la prueba, alguien había hecho cierto revuelo para que lo lleven
al famoso “salón blanco”. Allí el oficial le dio una paliza. Lo importante de
esto es que ese día conseguimos datos muy relevantes; el cuarto blanco está al
lado de la sala de armas, los oficiales esperan en la zona delantera del penal
a que termine el almuerzo. Cuando termina, hacen una fila ostentado sus armas
mientras nosotros marchamos hacia las celdas. Sin embargo, no es que nos
presten mucha atención, recordemos que pudimos mover las cámaras sin que nos
vean.
Salí del cuarto de almuerzo con Gabriel
esposado enfrente mío, coloqué mi cabeza contra su espalda así no era sencillo
identificar mi rostro. No hubo problema en llegar al cuarto de armas, como la
última vez, nadie resguardaba el pasillo. Dejé la radio en el comedor para que
contesten si había algún intercambio de rutina. Entramos al cuarto de armas,
desesposé a Gabriel, agarramos dos escopetas y dejamos la puerta abierta. Como
podrán prever, abrí acertando las llaves a la primera. Volvimos a un ritmo
importante hacia el comedor, sabíamos que quedaban unos cinco minutos hasta que
finalice el horario del almuerzo y los guardias busquen sus armas. Llegamos, y
todos se pararon, era la hora.
La escena fue digna de un filme, el timbre
sonó, los policías salían de su sala y se encontraron con decenas de armas
apuntándolos. Sus caras, por Dios, una experiencia invaluable verles los
rostros, y aún más cuando hablé y notaron que el líder de esa revuelta era yo.
Los hicimos desnudarse y entrar a las celdas, dejando las 9mm reglamentarias en
el uniforme. Me gustaría decir que todo salió perfecto, pero Pablo tuvo un
arranque de héroe. Agarró su pistola y disparó tres veces. Apenas vi cómo
empuñaba el arma entré en ese estado adrenalínico que viví con Walter. Dos
disparos fallaron, el otro impactó directamente en la cabeza de Gabriel. Atiné
a apretar el gatillo, el pecho de Pablo se abrió como cuando se revienta un
globo de chicle. Voló hasta la pared de detrás y cayó derrotado. Otros
intentaron sacar sus armas pero mis compañeros abrieron fuego. Mientras ellos
tenían un enfrentamiento de fuego con los policías que no estaban en celdas, yo
me arrodillé en el suelo, levanté la cabeza de Gabriel, y lo observé. El frío
más grande que nunca sentí recorrió mi espalda, estuve a un segundo de vomitar
pero debía ser fuerte, no podía perder el control de todo ahora. Gabriel tenía
el rostro cubierto de su propia sangre, del agujero en la frente que tenía
emanaba sangre como un pequeño manantial carmesí. Lo reposé suavemente en el
suelo, mientras balas pasaban cerca mio y mientras mis compañeros avanzaban.
Me
levanté, esta era mi toma y debía controlar la situación. Todo el cuartel
policial que no estaba dentro de las celdas murió, unos veinte efectivos. El
plan original era ir saliendo vestidos de policía cada periodos de veinte
minutos para no llamar la atención de las cámaras de la calle, pero el ruido
del tiroteo nos dejaba en una posición más complicada. Les dije que se pongan
la ropa igual, y salgamos todos juntos, afuera nos separaríamos. Hoy en día no
sé si salir con la ropa de policías o sin hubiese marcado la diferencia, pero
de los reos que escapamos solo diez logramos fugarnos sin ser recapturados.
Tengo que darles la derecha al decirles que reaccionaron rápido, los felicito.
¿Qué hice yo para escapar? Digamos que cierta organización anarquista me hizo
un favor, ellos esperaban dos personas pero llegué solo. Les agradezco que no
me hayan dejado de lado por haber perdido a su amigo en el camino, en el fondo
sé que fue mi único amigo en muchísimo tiempo y ellos seguramente lograron ver
eso en mi relato.
Hoy me encuentro en un lugar sumamente alejado
de su alcance. Ya no sé si alguien estará interesado en el final de mi historia
tras revelar el gran motín, pero mi nueva vida tiene un ritmo vertiginoso e
interesante. Pocas personas tienen la dicha de haber vivido dos vidas, y yo soy
una. Les dejo estas palabras para que sepan de mi hazaña, la última gran hazaña
de mi vida anterior. Me enteré que después de nuestro motín hubo siete intentos
de levantamientos en distintas cárceles de Buenos Aires, quizá, y solo quizá,
deberían revisar sus métodos y acciones para con los presos y así evitar estas
cosas. Sin embargo, eso no me incumbe.
Quiero, como último mensaje, enviar mi pésame
más grande a los familiares y amigos de los policías abatidos. Nunca hubo
intención de llegar a ese punto, y es algo que he de lamentar. Le dedico estas
últimas palabras antes de dejar todo esto atrás a Gabriel, en paz descanses,
fuiste un gran amigo y te voy a recordar toda la vida. Te lo dije un día, entre
chistes, que mi primer hijo se va a llamar como vos. Si estás en algún lado
quiero que sepas que no mentía y que, por cierto, él está en camino.
Atiné a apretar el gatillo, el pecho de Pablo se abrió como cuando se revienta un globo de chicle.
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