Terciopelo blanco


Todo es mayormente blanco. Las únicas excepciones a esta regla son nuestros cuerpos. Y hay que hacerle especial mención a su rubia cabellera que se destaca como oro pulido sobre terciopelo blanco. ¿Por qué es tan hipnótica? Sospecho que pueden ser esos pequeños matices dentro del blondo color que uno ve a simple vista. O quizá es esa pequeña ondulación que le da volumen cuando el cabello pasa el largo correspondiente a su mentón.

 Tengo que admitir que siempre me molestó cuando ella buscaba evitar esa ondulación. Nunca entendí la absurda fascinación por el pelo totalmente lacio. Es simplemente innatural, claro estaba que, en esta, mi obra, no habría lugar para tal sinsentido.

 Mi brazo se extiende para tener contacto con su cabello. Quiero corroborar que es real, que allí está y no es un espejismo de mi mente. La cercanía me invita a tocar su mejilla. Se sonroja, contrae un poco su cuerpo y finalmente se adapta a esta iniciativa mía.

 ¿Cómo hará para mirarme sin perder un segundo la atención? Quizá la uniformidad colora del antro ayuda, pero yo no podría verme a mí mismo a los ojos durante tanto tiempo. En cambio, ella lo hace. Hay algo en sus ojos y su tenue sonrisa que me hace pensar que ella quiere estar acá. Que pese a todo está disfrutando el momento, y mi presencia no la deja pensar.

 ¿Por qué pensaré yo? ¿Acaso no siento lo mismo que ella? Entiendo que esto pueda no ser real, pero ella realmente lo hace tan bien que parece un acto genuino de amor. Quizá sí piensa ¿Cómo podría saberlo? Al fin y al cabo, ella tampoco tiene la certeza de si en este preciso momento estoy pensando. Hay una imposibilidad enorme para que estas ideas salgan a la luz, y es que jamás podrían tener lugar fuera de esta blanca habitación.

 Ahora pienso en las posibilidades. Sería absurdo que, en medio de un almuerzo, me increpase repentinamente y me preguntase “¿Vos qué pensás cuando nos miramos?”. No pasaría, no hay contexto alguno como para que se dé esa pregunta. No obstante, no creo que sea una cuestión de contexto. Pienso que ambos sabemos de antemano que esa pregunta tiene consigo una repregunta de igual valor. ¿Estaría dispuesto a saber si piensa, a cambio de confesar mi pensamiento? Estoy bastante seguro de que no. En realidad, si tan solo tuviera una pista contundente de que no saldré horriblemente mal parado de ese intercambio… Pero no va a suceder, sé que ella no lo permitiría.

 ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que empecé a pensar? No despegué mi vista de su rostro durante todo este tiempo, De hecho, en ese exacto momento en el que comencé a deliberar todo esto, sentí como me introducía en la profundidad de ese negro mate rodeado del verde más bello que he visto en ojo alguno. Es como un gran túnel capaz de hacerte perder en lo más profundo de tu sentir.

 A veces pienso que logro detectar cuando sale ella de mis ojos y vuelve a la realidad. No sé si tendrá las mismas conjeturas que yo, pero personalmente siempre que salgo de los suyos siento que la quiero aún más. Quizá ella solo lo ve como algo que tiene que hacer, un deber. En tal caso, qué bien lo hace porque logra cautivar a este ingenuo servidor.

 Tocó mi mejilla. Fue una sorpresa muy grande, casi un susto. Ahora entiendo su reacción cuando yo hice eso mismo. Uno olvida que es algo más que la vista cuando está dentro de los ojos del otro. Me había olvidado totalmente que era una persona, que existo, y que tengo un deber aquí acostado. El equilibrio entre estar perdido en una mirada y el susto inicial es ese punto en el que sos consciente de la realidad, pero te da igual. Aceptas dejarla de lado para vivir esta sensación tan enriquecedora. 

 El tiempo no tiene valor ni sentido acá. A veces pienso que podría estar décadas enteras y no lo sabría. Simplemente el tiempo fluctúa en una forma que ningún otro lugar de la galaxia podría emular. ¿Quién diría que para romper las reglas del tiempo habría que buscar dentro de nosotros?

 Sin embargo, lo siento, sé que va a terminar pronto. No es algo que quiera, ni pienso que sea algo que ella quiera, pero el deber nos llama. No tiene sentido ¿verdad? ¿Desde cuándo las dos voluntades de las dos personas involucradas no son más que suficientes para llegar a un acuerdo?

 De pronto veo, con la visión periférica que me ofrece mi ojo, como las blancas paredes se tiñen de un color oscuro poco a poco. El blanco se transforma en el negro de mis ojos. “Es curioso no poder distinguir tu iris de tu pupila” me dijo hoy, antes de empezar a mirarnos. Sé que esta pérdida de luz es mi esperanza yéndose. Siempre es igual, y siempre la ausencia de esperanza me lleva a hacer esto una vez más.

 Me acerco a su oído izquierdo, mientras la penumbra empieza a digerirnos poco a poco. Sé que no me va a escuchar, no con su oído izquierdo, ya que nunca pudo oír de aquel lado. Es una sensación peculiar la de poder decirle algo a una persona, algo tan personal que solo podrías contárselo a algo inanimado y que, igualmente, jamás pueda enterarse de eso que dijiste. “Desearía que esto fuera real, desearía poder recrear este sentimiento que tengo. Ese deseo me inspira a ser lo que soy”.

 Levanto la mano. Mi dedo índice y mi dedo medio, levemente separados, se unen. Me toca volver a mi lugar. Me toca dar la orden:

 

 - ¡CORTEN!


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