Sobre la crítica: una perspectiva social

 

 Hace no demasiado tiempo me encontraba releyendo una de las grandes obras maestras de la literatura, “El barril de amontillado” del siempre prolífico Edgar Allan Poe. Como es costumbre, su capacidad de transformar una historia cuasi tímida en un relato puramente siniestro y aterrador estaba presente, pero detenerme en eso sería traicionar la idea de la reflexión que están a punto de leer. Poe, armado con una espada especialmente afilada y letal, pero con la característica de volverse invisible a los ojos del poco avispado, suelta una frase que me dejó sin palabras. Paso a citar: “Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.”

 Interesante ¿no? Más allá de ser una obvia forma de adelantar el giro siniestro que tendrá el cuento una vez presentados los personajes y su dinámica, Poe nos indica su intención para con esta historia (y gran parte de todo lo que ha escrito en su vida). Y acá nos vamos a detener, ya que me parece vital que entendamos las segundas intenciones, la división entre la historia superficial (que no superflua, cabe destacar) y la historia interna del relato. La historia superficial es la que todos leemos, aquella que se alcanza con la mera observación y goce de la obra. En el caso de “El barril de amontillado” la historia superficial es la de este sujeto en búsqueda de venganza tras sentirse sumamente ofendido por otro sujeto con el que compartía una afición por la cata de vinos y todo lo que ello concierne. Podríamos sentarnos a analizar como una historia de colegas con cierto rencor acaba con un individuo condenando al encierro y muerte a otro, pero repito, estaríamos cayendo en el análisis superficial y, por ende, en lo que puede analizar un muchachito de quince años en la clase de literatura cuando su profesora le lea el cuento. ¿Se puede profundizar más sin salir de lo superficial? Claro que sí, es lo que los escritores en búsqueda de perfeccionar su estilo hacen (me incluyo en este grupo), pero es un trabajo bastante individual y, por otro lado, poco significativo a nivel general.

 Exacto, Poe suelta sus pistas en el comienzo, te nubla en el nudo (como al pobre Fortunato) y te lleva por ese largo pasillo hasta que al final suelta en un golpe de gracia todo lo que sembró en el comienzo, cerrando la historia. Ahora, desde una perspectiva de alguien que lee la oración anterior, solo puedo decir ¿Y? Si tu capacidad analítica se detiene en resaltar la obviedad entonces estás reduciendo al cuentista más grande de todos los tiempos a un mero esteta, cosa que no podría ser más errada. Tu crítica, reseña, análisis, o como gustes llamarla es estrictamente superficial.

 Veo necesario hacer una parada aquí para reiterar algo que ya he mencionado, pero dado a que son las personas superficiales las que podrían caer en ofenderse con mis palabras voy a apoyarme en la redundancia y en el subrayado. El análisis de la superficie no es inútil, no es malo, ni es irrelevante. No obstante, y este es el punto al que buscamos llegar, no requiere pensamiento, no hay una actividad craneal al sentarnos a divagar sobre la estructura de tres actos que maneja el escritor, en las imágenes que usa el autor para transmitir lo siniestro o en la forma que tiene de mover la atención del lector. Estaríamos, entonces, pasando la lengua por el chupetín sin llegar al chicle que hay en el centro, el corazón de la obra. Claro está que es decisión de uno llegar allí y comer el chicle, y que requiere de un esfuerzo mucho mayor. El chicle es la historia interna del relato.

 Todo gran autor está tan preocupado por la historia superficial (que será la que brindará alcance a la obra en su conjunto, que lo hará llegar a las masas) como la historia interna, el simbolismo, el resignificado. Para llegar a esta historia interna uno debe ser verdaderamente analítico, profundizar en cada minucia de la obra y unir estos detalles para formar un hilo conductor, una relectura. En “The Silence”, película de Ingmar Bergman del año 1963, el autor nos habla superficialmente de las idas y vueltas de la relación entre de dos hermanas, pero, internamente, nos habla de mucho más. Hace un retrato completo de la incomunicación primero como principal barrera entre estas dos mujeres y segundo como barrera de ellas para con el resto del mundo. Anna vaga por la ciudad y todas las personas se comportan como un cardumen, siguiendo una corriente de movimiento totalmente muerta, totalmente inhumana, una corriente que se ha agrandado con la expansión del liberalismo económico y su filosofía allegada a los comportamientos consumistas. Anna está incomunicada hasta en el sexo, ya que no lo usa como una forma de expresión sino como todo lo contrario, una forma de ensimismación que sostenga su frágil ego y que le permita mantenerse paralela a cualquier intercambio de palabras sincero. Se encama con alguien que no le importa en lo absoluto y que ni siquiera conoce, es su escape de tener que afrontar una comunicación ya sea con sus pares como con ella misma, sincerarse para consigo es todo lo que busca evitar. Evidentemente la farsa no se sostiene, y ella se rompe en múltiples momentos, evita culparse acuñándole a su hermana un supuesto odio que nosotros como espectadores sabemos que no existe. Anna proyecta en su hermana lo que verdaderamente ella siente y no es capaz de admitir.

 Evidentemente The Silence tiene mucho más, de hecho, podrán encontrar una profundización más grande de estos temas en el siguiente link (https://letterboxd.com/damiancampos/film/the-silence/), pero explayarme más es escapar a lo que nos importa en esta ocasión. Jamás se hubiese llegado a la relectura si se analizase como estos pseudo-críticos de cafetería hacen. La historia interna requiere un compromiso que cada vez es más escaso en la sociedad, incluso en aquellos que intentan (la mayoría fracasando rotundamente) incursionar en la realización de reseñas o críticas. Para ponerlo en una simple analogía, aquel que busca analizar las entrañas de una obra es el que ve un rompecabezas, lo saca de su caja y lo arma, con todo el trabajo que ello conlleve. Por otro lado, el que analiza superficialmente se maravilla ante el bello diseño de la caja del rompecabezas, pero jamás lo abre, por lo que cualquier caja bella para él es lo mismo, desconoce la profundidad de lo que dentro reside. Ya ni hablemos de esos cuyo intento de reseñar se basa en decir “bueno, el libro Pimpinela fue escrito por Fulanito de tal en el año 2014. Fulanito además de escritor es tarotista y eso influencia a su obra.” Entre un sinfín de datos que fácilmente puede uno encontrar en el primer párrafo del artículo de Wikipedia sobre la obra en cuestión Esto ya es banal, asumo que en vez de siquiera ver la caja del rompecabezas leerían alguna publicidad del mismo y de eso se agarrarían para recomendarlo.

 Entonces ¿por qué hago tanto hincapié en esta búsqueda del corazón de la obra? Hay dos razones vitales, primero que permite comprender las dimensiones reales de lo que se está observando (lo que permitiría una mejor comprensión de ello, impidiendo que se caiga en un absurdo gigante como empatar a Poe con algún escritor medio pelo de los suburbios de Buenos Aires o a Ingmar Bergman con algún fiasco como Gaspar Noé) y, por otro lado, entender el mensaje del autor. Paremos un poco en esto último ya que es especialmente importante. En el arte no hay tibios, la política y por ende la religión atraviesan trasversalmente toda obra, en especial aquellas que ya tienen algunos años. Existe en esta historia interna (que pasaré a llamar “sustancia”, por su comodidad además de su precisión como término) una intencionalidad de que el público se vuelva un sujeto activo, uno que concatene las piezas y arme lo sustancial, y mediante ese esfuerzo consciente comprenda de manera más efectiva lo que quiere el autor decir. En el caso de Bergman suele tratarse de problemas filosóficos que lo atraviesan en su vida personal y que busca resolver en sus obras, dejando al público en su posición. En el caso de Poe hay una clara perspectiva religiosa que es remarcada en el contraste entre las catacumbas y el carnaval, el castigador y el castigado, la justicia y la injusticia. No obstante, también nos habla, y acá revelo la naturaleza de mi cita, de esto mismo, de la sustancia de la historia. “Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador.”: Poe escribía en tiempos ciertamente más limitados en lo que a libertades concierne. Está claro que, si en vez de cuentista Poe era ensayista, poco hubiese durado con vida. Sus textos son profundamente críticos y es en su sustancia que se encuentra el relato de toda una porción de historia, aquella de la que él renegaba. Su modo de protesta era este, la sustancia dentro del cascarón, el rompecabezas.

“Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.” Y aquí Poe es profético. Las masas consumen, se atragantan, pero son incapaces de discernir quien levantó la mano, quien se armó contra el statu quo. La sociedad posmoderna en la que vivimos no profundiza, no entiende ni se esfuerza en llegar a la sustancia, no se sabe quién es el que se venga, incluso son capaces de obviar el acto de venganza. La mirada crítica debe ser ejecutada día a día y de manera efectiva, no de la manera conformista hemos abrazado en los últimos años.

 El conformismo crítico va obviamente de la mano con el conformismo general de los individuos, de su deseo superfluo y de su incapacidad intelectual. Esto último es especialmente triste debido a que en muchísimos casos existe el potencial, pero la incapacidad es adquirida y el conformismo interiorizado.

 En conclusión, vencer el posmodernismo es vencer una batalla cultural que el análisis está perdiendo contra la vaguedad. Abrir la caja y armar el rompecabezas es necesario para no perdernos en la nada misma, para no obviar a un gran pensador o una gran idea y para no vivir observando cascarones vacíos de sustancia. Velar por una perspectiva crítica es velar por la subsistencia del humano como individuo, como ser creador y no como autómata, y un primer paso para ello es no dejarse embaucar por una caja de buen aspecto. Seamos críticos, seamos conscientes.



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