Dos rollos de alfombra + Tinder (Antología especial Halloween 2021)
Dos rollos de alfombra:
- Liliana ¿qué pasa? Estoy laburando, no tengo mucho tiempo.
- Necesito que me ayudes por favor, me mandé una cagada y no sé qué hacer – los sollozos hicieron acto de aparición, deviniendo estos en llanto -.
- A ver Liliana, ¿podés calmarte? Si no te calmás no me vas a poder explicar qué pasó y, por ende, tampoco vamos a resolverlo. Tomá un vaso de agua, respirá, hacé lo que sea que te tranquilice y explicame qué pasó.
- Tengo una situación.
La réplica llegó tras un minuto de silencio en el auricular.
- Ya hablé con los muchachos, aplazamos el trabajo. ¿Cuál es la situación?
- Dejame respirar un poco, no sé por dónde empezar.
- No importa por donde empieces. Importa que me digas qué está pasando porque si es una situación no podemos estar perdiendo tiempo –la entonación en el binomio de palabras “una situación” fue acompasada, con la firmeza de quien dice un nombre propio-. Calmate y decime.
- ¡NO PUEDO DECIRLO ASÍ NOMÁS! ¡DIOS, ¿PODÉS ESCUCHARME UN POCO Y TRATAR DE ENTENDERME POR UNA VEZ EN LA VIDA?!
- ¿Qué te dije recién? Decime, ¿Qué te dije recién?
- Que me calme… -la voz de Liliana denotaba derrotada sumisión. Coronó su frase con un resoplido nasal-
- Bien. Priorizá eso. Ahora explicame qué pasó.
- Estaba en casa con Lauti. Estaba todo bien, ya habíamos comido y estábamos por dormir la siesta, pero de un momento al otro le agarró ese capricho de insistir en preguntarme por tu trabajo… Le decía que no y él seguía y seguía… - el silencio se adueñó de la llamada - Me dijo que yo no lo amaba porque le ocultaba un secreto…
- ¿Le dijiste algo?
- Sí, le conté…
- ¿Qué contaste?
- ¡¿QUÉ LE VOY A CONTAR?! ¡TU TRABAJO!
- Calmate… ¿qué pasó después?
- Él empezó a decir que iba a llamar a la policía, que vos eras la peor mierda de la sociedad, que si yo te defendía era cómplice… Y él… Él estaba por llamar …Y no supe como pararlo entonces…
- ¿Entonces qué?
- Entonces agarré la pistola que estaba debajo de la cama y le apunté… yo no quería disparar, el arma se disparó sola, lo juro, no sé cómo-
- Tranquilizate, no te desvíes de la historia. Ya habrá tiempo para que inventes una excusa, ahora necesito saber con lujo de detalle qué pasó.
- Se me disparó el arma y le pegué en el estómago.... Cayó sobre la alfombra de la habitación.
- No murió al instante entonces, ¿qué más?
- …
- Liliana.
- Me puse nerviosa, no sabía qué hacer-
- Si no sucedió hace demasiado estás a tiempo de parar el sangrado e-
- Esperá que me faltan cosas por explicar. – Liliana, por primera vez en toda la conversación, denotó firmeza en sus palabras -
- Contame.
- Parece que la jardinera escuchó los disparos y entró a la cas-
- ¿Disparos dijiste?
- …
- Liliana.
- Cuando vi que Lauti seguía vivo e intentaba gatear le tiré dos veces más…en la cabeza
- …
- El tema es que la jardinera escuchó y entró corriendo como un animal a la habitación. Casi me mata con esas tijeras enormes que usaba, pero llegué a esquivarla y pegarle tres tiros.
- ¿Había alguien más en la casa?
- No
- ¿Vecinos?
- Los que más cerca viven se fueron de vacaciones hace poco.
- ¿Dónde cayó el cuerpo de la jardinera?
- En el piso flotante, pero la moví rápido a la otra alfombra. Limpié un poc-
- No importa, la sangre ya se filtró por debajo de la madera. En el momento que salgas de esa casa vas a tener que visualizar la idea de que no la vas a ver más nunca, vas a tener que prenderla fuego. No hay tiempo para hacerla limpiar y, aun así, serías una sospechosa muy obvia.
- ¿A dónde me vas a mandar?
- Ya veremos, pero primero hay que ocuparse de los cuerpos.
- ¿Para qué? Los dejo en la casa y que se quemen.
- Si te vas y encuentran los cuerpos (o lo que quede de ellos, siempre queda algo) vas a ser sospechosa de asesinato, una prófuga de la justicia. Te pueden agarrar afuera con una orden de captura internacional y te traen al país. Si no hay cuerpos, no hay asesinato. Son desaparecidos, igual que vos. Sos intocable, nadie te va a buscar.
- Entiendo.
- Vas a tener que enrollar las alfombras, llamame cuando lo tengas listo.
- ¿Por qué tardaste tanto?
- Enrollé las alfombras y ya las subí a la camioneta, Me costó mucho levantar a Laut-
- Te voy a pasar una dirección, vas a tener que ir ahí. Buscá al encargado en el primer piso, lo vas a identificar fácilmente, y decile que tenés que “tirar la basura”. Aclarale que vas de mi parte, no pierdas tiempo agarrando plata. Pedile una mano para bajar las cosas del auto, va a agilizar la situación. ¿Está entendido?
- Sí…- Lliliana, tras un breve silencio, rompió en llanto. -
- No es momento, Liliana. Cuando termines vení a casa y arreglamos el resto, asegurate que no te vea nadie. Llamame cuando termines.
- …
- ¿Necesitás algo más?
- No…no, está bien. Ya te llamo. Gracias…papá.
Tinder:
Si hay algo de lo que me arrepiento en la vida es de haber descargado Tinder aquella tarde de estupidez allá por el primer trimestre de 2021. No tenía como saberlo, pero aquello marcaría mi vida desde ese entonces. Tienen que entender que estaba en una situación poco agradable en términos generales, el encierro pandémico devino en desconexión con el mundo y, por ende, en desconexión con prácticamente toda mujer más allá de las videollamadas semanales con mi madre. Pese a que hoy en día se reniega un poco de esta condición, es inevitable para el hombre promedio no tener una búsqueda pasiva constante de virilidad, ya sea desde un mero ejercicio de fuerza en el día a día para denotar poderío o, por supuesto, en la capacidad de uno para atraer mujeres. Mi virilidad, en aquel punto de mi vida, estaba en su piso histórico.
Entonces descargué Tinder, teniendo de entrada las expectativas en los suelos por los horribles comentarios que recibía de mis amigos. “No te contestan nunca”, “anda mal”, “buscan flacos con guita” y demás parafernalia por el estilo. Me armé un perfil bastante humilde y austero con algunas fotos en las que salgo relativamente bien (hito extraño teniendo en cuenta que pocas veces me captura cámara alguna) y una biografía relativamente extensa pero muy clara sobre quién soy y qué hago.
Navegué unas semanas por la aplicación, sin pena ni gloria, hasta que ocurrió algo particular que, pese a saber que era posible, nunca consideré que pudiera suceder tan pronto: me crucé a alguien que conocía. No solo eso, en mi inocencia me tomé el atrevimiento de utilizar un “superlike”, craso error. Lo que ignoraba en ese entonces es que este “superlike” prácticamente le gritaba en la cara a la otra persona que vos le diste me gusta. Naturalmente me lo devolvió, teniendo ella la ventaja social de siempre poder jugar la carta “¿me tiraste un superlike?” y dejarme pateando el aire.
Sin embargo, había algo que me tranquilizaba pese a haberme enterado muy tarde de las consecuencias de mis acciones: ella no era realmente una persona de la que podría esperar esa clase de razonamiento. La conocí en el secundario, íbamos al mismo curso. En los seis años que estuvimos juntos en el salón nos habremos dirigido la palabra unas cinco veces. Menos de una vez al año, para aquellos que gustan de las estadísticas. Pese a ello nunca me pareció una chica poco atractiva. Al contrario, yo consideraba que era una suerte de “joya oculta”, una mina que detrás de su aparente inocencia, de su ropa anticuada y de su actitud casi asexualizada escondía una fogosidad que en pocos otros lados uno encontraría.
La realidad, sin embargo, es que nunca hubo prueba alguna de mi alocada teoría. Al contrario, cada vez se vestía más como una octogenaria y cada vez parecía más y más lejos de cualquier acto de lujuria. Pienso que habérmela encontrado en esta aplicación me despertó ese rayito de esperanza y curiosidad. Era lo más fuera de lugar que le vi hacer en su vida.
Empezamos a hablar por Tinder. Como suponía, no acudió a ninguna artimaña barata ni mencionó el tema de habernos cruzado en tan peculiar espacio. Al contrario, me hablaba con total naturalidad, como si de una conversación casual se tratase. Seguía siendo ella: me contaba sobre los libros que leía, las salidas con las amigas a tomar un té, las mañanas de cocinar con su papá, todo muy inocentón, lo que no ayudaba a mi profunda búsqueda de revitalizar mi masculinidad.
No obstante, la constancia era absoluta: hablábamos prácticamente todo el día y, en algún punto, me habitué a ella. Resulta que no leía solo esas novelas totalmente clónicas que hoy lideran los best sellers sino que conocía a muchos autores en los que alguna vez yo supe poner el ojo. Las conversaciones sobre Kierkegaard eran, sin duda, las más enriquecedoras, aunque a veces se volvían ligeramente densas al no lograr salir del tema.
Al mes de empezar a hablar decidimos encontrarnos para comer juntos. No había ningún tipo de premisa, no sabía si iba a ese lugar como un amigo, como un pretendiente o como un mero affaire. Aun así, estaba prácticamente seguro de lo que iba a ocurrir: una charla del chat, pero llevada a la vida real. Una conversación relativamente interesante, sin demasiadas emociones y ligeramente aparatosa por sus dotes sociales acotados y mi dificultad para concentrarme cuando mi interés no es absoluto. Nada más lejos de la realidad.
Tomé mis llaves, la SUBE, mi DNI, un par de preservativos (“nunca se sabe”, pensé), los mil trescientos cincuenta y cinco pesos que había sobre la mesa de luz y me dispuse a esperar el colectivo. Nos encontramos en Av. Brasil y Av. Paseo Colón, una esquina del Parque Lezama. Me subí a una pequeña elevación del terreno y observé el lugar para saber si mi hoy pretendiente ya había llegado. En efecto, allí estaba ella, de espaldas a mí posición, mirando detenidamente las siluetas que dibujaba la madera de un árbol. Esa imagen me despertó una sensación muy fuerte dentro de mí, una muy lejos de mis intenciones sexuales iniciales. Sentía que era una chica demasiado infantil pese a ya haber tocado las dos décadas de vida. ¿Hasta dónde había caído? ¿Qué hacía rasguñando las piedras para estar con una piba que seguramente no terminaba de entender que mis intenciones eran meramente carnales? Me sentí absolutamente derrotado.
Cuando estuve a punto de dar media vuelta y volver a casa fue que ella dio media vuelta y clavó su mirada en la mía… Entonces supe que era demasiado tarde. Me acerqué, nos saludamos y, como no podía ser de otra manera, me preguntó qué hacía ahí arriba. En ese momento cometí un error de principiante al subestimar por completo la picardía y astucia de mi acompañante. Le inventé una excusa no demasiado elaborada, hasta en algún punto predecible, pero bastante bien presentada en cuanto a dialéctica se refiere. Para mi sorpresa, mi verborrea no solo no logró convencerla, sino que produjo una respuesta que rompería por completo mis esquemas. Bajó ligeramente sus lentes con la punta de su dedo índice, inclinó la cabeza hacia abajo y arqueó la ceja, a la par de esbozar una sonrisa burlona: un solo gesto que desbarató por completo mi declaración. “Mirala a la pendeja, me fundió” recuerdo haber pensado mientras me remordía ligeramente los labios. Había empezado con el pie izquierdo y tenía que remontarlo ahora por una cuestión de mero orgullo, no podía dejar que me doblegue con tanta facilidad.
Caminamos por el parque durante un rato considerable, charlando sobre los temas de siempre ya con el clásico semblante rosado y pulcro que caracteriza nuestras conversaciones. Lejos había quedado el impacto inicial de nuestro encuentro y esa mirada de femme fatalle que desnudó mi vanidad, asunto que para ese punto lo consideraba un evento aislado. Fuimos a una heladería Grido a unas pocas cuadras de donde estábamos. Entramos al lugar solo para ver que no había nadie allí. Probé tocando el timbre que presuntamente haría aparecer a algún empleado quinceañero en búsqueda de plata para el fin de semana, no tuvo demasiado resultado. Fue entonces que di media vuelta y encaré hacia la puerta. Estaba a punto de salir cuando noté que mi compañera no se había movido ni un metro de su posición. Al contrario, seguía mirando fijamente el mostrador. Sobre él un manojo de llaves con una leyenda escrita en una etiqueta: “BAÑOS”.
Giró su cabeza y ahí estaba otra vez esa mirada. Ya no había gesto de por medio, sus ojos hablaban por sí solos y te invitaban a tirarte de cabeza a las profundidades del infierno. No supe qué responderle, nuevamente estaba en shock, aunque realmente no hizo falta que diga nada. Ella agarró rápidamente las llaves, me tomó del brazo y me llevó al baño de ese abandonado Grido. Cerró con llave tras de sí y antes de enunciar palabra alguna me empezó a besar. No sé si fue su ritmo tranquilo pero incansable al subir y bajar entre mis labios, la forma en la que cada centímetro de su torso se encontraba pegado al mío o como sentía su respirar agitado en mi mejilla, pero había entendido que estaba frente a lo que siempre supuse y nadie supo creer. Mi teoría era cierta, debajo de las sábanas no había una abuelita, estaba el lobo.
Nos encontrábamos mirando el techo del baño desde el tibio piso de cerámicas tras nuestro arrebato sexual. Me sentía dentro de la diégesis de La persistencia de la memoria de Dalí, un éxtasis natural absoluto al que no había llegado nunca ni con sustancias de por medio. Pero, como no podía ser de otra manera, mi suerte estaba por agotarse. El sonido de la puerta principal de la heladería abriéndose fue nuestra primera pauta para comenzar a vestirnos. Sobra decir que al escuchar los pasos de ese individuo que acaba de entrar acercándose a través del pasillo entendimos que para salir de ahí había que usar el único factor a nuestro favor: la sorpresa.
Nuestras miradas, antes sexuales, pasaron a ser de complicidad. Me miró, asentí, colocó la llave en la cerradura, me volvió a mirar, empecé a contar con los dedos: 3, 2, 1…asentí. Abrimos la puerta y salimos corriendo a toda prisa, chocando de lleno con el encargado que venía despistado y tumbándolo en el suelo. No podía parar de correr pese a ya haber dejado atrás por unas diez calles al Grido, la adrenalina me tenía preso de sus efectos. Cuando ella frenó casi sigo de largo, el corazón me pedía a galopantes latidos seguir corriendo, no porque alguien nos esté siguiendo sino por inercia, por mero instinto animal. Sin embargo, me detuve y ella pronunció sus primeras palabras desde que entramos a la heladería:
- ¿No tenés ganas de repetir?
- Eh, ¿qué cosa? - que la sangre estuviese agolpada en mis músculos y no en mi cerebro evidentemente afectó mi juicio. Ella nuevamente no acudió a palabras sino a repetir el gesto que lo inició todo, allá al principio de la cita. En esta segunda ocasión simplemente me reí de mi torpeza. - ¿Conoces algún lugar por acá?
- No hay nada cerca y la verdad que me gustaría una cama. –Mientras pensaba movía suavemente su labio inferior con su anular, un movimiento que rápidamente encendió mi libido– Bah… ¿tenés plata?
- Sí, sí, tengo – mientras decía eso tanteé en mi bolsillo el billete de mil. ¿Cuánto podría estar un telo? Ochocientos pesos, máximo, en mi mente no había posibilidad de que más caro que una noche en un hotel de verdad. - ¿Para dónde hay que ir?
Tras varias cuadras de viaje paramos en un edificio de los muchos en la Capital Federal que nunca terminaron de ser construidos. Mi instinto sexual me cegó por completo de lo contradictorio que era ese lugar con la premisa “¿tenés plata?”. De hecho, me había olvidado por completo del asunto económico, al ver la fachada supuse que ella quería proceder en algún recoveco de la presuntamente inhabitada edificación. En ese descuido dejé atrás mi última oportunidad de salvarme de lo que sucedería.
Lo inesperado empezó a tener lugar prácticamente al segundo de entrar ya que, en la planta baja, aún contra mis expectativas, había personas. No solo eso, era gente que solo con su vestimenta uno podía figurarse que tenían guita…mucha guita. Tengo que admitir que la situación me dio escalofríos, no tenía idea de en dónde me había metido y, para colmo, la mina ya estaba hablando con una suerte de recepcionista. Me dejé llevar confiando ciegamente en que todo parecía haberme salido redondo en mi día y esto no sería la excepción.
Nos dijeron que subamos unas escaleras caracol. Delante nuestro iban una mujer muy mal vestida, presumo que una prostituta, no precisamente VIP y un sujeto de unos cuarenta años, canoso y de traje gris. Esto no sería nada particularmente extraño si no fuera porque, al llegar a los últimos escalones, pude ver que debajo del saco escondía un cuchillo enorme de aquellos que se utilizan para cazar. Nuevamente intenté no sacar conclusiones precipitadas pero cada vez era más difícil. “¿Para qué llevarías un cuchillo a un encuentro con una prostituta?” “¿Por qué una prostituta así teniendo tanta guita como se ve que tiene?” y la constante “¿Dónde carajo me metí?” taladraban mi cabeza.
Al final de las escaleras nos recibió un sujeto enorme, mínimo dos metros y unos ciento cincuenta kilos. Tenía el torso desnudo y una máscara negra como las que usaban los verdugos en el medioevo. En su cinturón destacaba un martillo que, por tamaño, alguno ya podría considerarlo una maza. No pude ni siquiera abrir la boca, mi cita se encargó de pedir una habitación al armario que teníamos en frente. Llegué a pensar que me había dormido en la heladería y que todo eso no era más que una pesadilla, pero hacía mucho que mi suerte se había acabado.
El verdugo abrió la puerta junto a él, detrás nos recibió un largo pasillo conformado por puertas de tablones de madera por la izquierda y pequeñas ventanas de barrotes entre empedradas paredes por la derecha. Caminamos por el largo corredor hasta la primera puerta, momento exacto en el que el verdugo paró en seco y sacó su maza. Mi espina dorsal se transformó en un tempano de un segundo al otro, ya estaba listo para morir, totalmente entregado. Para mi sorpresa el verdugo solo había sacado su arma para golpear la puerta. Desde dentro se oyó a dos tipos gritar, prácticamente al unísono, “ocupado”. Avanzamos hasta la segunda puerta y el proceso se repitió. Cabe destacar que al golpear este segundo portal se detuvo un sonido constante que nos había acompañado desde que entramos al edificio. Supuse que era un taladro o algo similar. Cerca de nuestro camino a la tercera habitación, el taladro reanudó su labor.
Justo antes de golpear la tercera puerta se escuchó desde dentro un grito de mujer que me hizo saltar del susto. Miré a mi alrededor: la mina que alguna vez pensé que era una ingenua no se había ni inmutado ante el grito; el verdugo, sin darse vuelta siquiera, exclamó “está ocupada, vamos a la próxima”; debajo de la puerta un pequeño charco de líquido carmesí hizo acto de aparición.
Tras el primer golpe en la cuarta habitación no hubo respuesta alguna. Tras ello el verdugo nos abrió la puerta y se retiró nuevamente a la escalera. Mi cabeza parecía palpitar, estaba completamente sudado y cada pensamiento que se me cruzaba me hacía revolver el estómago. Afortunadamente la voz de mi acompañante me sacó de mi trance:
- Tenés más forros, ¿no?
- S…Sí – nuevamente metí mi mano en el bolsillo para tantear la punta serrada del preservativo. Sin embargo, me confundí de lado y lo que sentí fue la punta del billete de mil pesos. Me estremecí- ¿cuánto sale la habitación? –ya no estaba el verdugo con la maza frente mío, pero aun así sentía que estaba listo para morir, que para mí ya no había ningún tipo de futuro fuera de esas cuatro paredes-.
- La última vez que vine pagué veintisiete mil creo –para este punto, la naturalidad de mi compañera para con todo este asunto era la menor de mis sorpresas-.
Casi a modo de epifanía recordé el inicio de esta travesía, mi búsqueda por reafirmar mi virilidad estaba terminando en una nota baja. Creo que en ese momento algo en mí cambió, de repente mi fatalismo se había transformado en una consciencia plena del presente. Quizá esa tarde mi vida iba a terminar por no poder pagarle a los encargados de esa mazmorra de lo grotesco, pero pasara lo que pasara no me iba a ir de este mundo sin cumplir mi único anhelo en ese preciso momento: tener sexo con ese demonio con apariencia de ángel hasta que el cuerpo me diga basta.
La tomé por la cintura y nos besamos apasionadamente sin siquiera mirar la habitación. Ya no había sutileza, era un acto puramente animal en el que cada segundo equivalía a más y más desefreno. Nos acostamos en la punta de la cama sin dejar de besarnos, totalmente fundidos en el calor que compartíamos. Fue en nuestro intento por acomodarnos en el centro del lecho que chocamos con un bulto enorme bajo el cubrecama. Esta vez el susto fue mutuo.
Mi cita me tomó del brazo y se escondió tras de mí como cuando un niño se cubre tras su padre al ver venir aquello que lo aterroriza. Hubo algo en ese acto que me dio absoluta claridad y me alejó de sucumbir nuevamente ante el pavor. No me malinterpreten, el miedo allí estaba y como pocas veces lo he experimentado, pero entendí que debía ser racional. Mi cerebro trabajó con presteza y me trajo a la consciencia una idea brillante: quizá ese bulto no era negativo, quizá podía aprovecharlo, quizá y solo quizá podríamos ir con el verdugo, explicar la situación y usar ese bulto como nuestra posibilidad de salir de ahí, nuestra excusa perfecta. Por primera vez en el día tomé una decisión importante, y la ejecuté con firmeza.
Ese bulto debajo de las sábanas, pese a haber estado cerca de detener mi corazón, terminó siendo mi amuleto de la suerte…lo que me causó demasiada curiosidad. El pecado más grande del ser humano es, fue y será el inconformismo. Pude haberme ido victorioso, pero necio decidí quedarme ahí para romper el misterio, para saciar un deseo de conocimiento absurdo e intrascendente. Tomé el cubrecama y lo saqué de un tirón: teñidos en manchas rojas yacían en medio del colchón dos rollos de alfombra.
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